martes, 11 de julio de 2017

Terraza


I

Hay tardes en las que uno escucha todo
aunque no haya nada que escuchar.


II

Rodeado de hojas verdes
miro mi cuerpo semidesnudo.

¿Y si yo también fuera verde,
si fuera leve,
si fuera como una de esas hojas
que el viento al pasar
acaricia?


III

La gata viene
y se sienta junto a mi.

Se pone a escuchar
los mil ruidos que llegan hasta la terraza.

Una mancha negra
junto a una mancha blanca.

Un ser vivo que escribe
y un ser vivo que escucha.


IV

Para qué sirven todas estas palabras
-le pregunto al acebo que me mira
desde un extremo de la terraza…

¡Su silencio es demasiado elocuente!


V

¿El silencio?
¿Qué silencio?
¿El ruido del viento en la terraza?
¿El grito del autillo en el anochecer?
¿El sonido del tic-tac del reloj?
¿Los ronroneos de los gatos?
¿El rechinar del lápiz sobre el papel?
¿El murmullo de los pensamientos?
¿El taconeo de las palabras en la mente?



E.

lunes, 26 de junio de 2017

Las palabras son silencios


Una palabra recorre mi boca,
la cubre de saliva y despierta
el recuerdo de otra boca
que a un día de vuelo de paloma
descubre en su propia saliva
esta palabra que mi boca
no puede pronunciar.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

domingo, 25 de junio de 2017

La Loma del Burro


Tomando el camino del parquecito, hay un solar que tiene en el fondo hierba alta. Un lugar muy común, que no aportaría nada a la experiencia del viajero si no fuera por los recuerdos que abriga desde que vio el parque infantil, y que lo lanzan contra el ardor de una montaña imaginada. Cruzando la hierba calurosa en pos del riachuelo, se llega a una sombra maloliente y dulce, con un caminito de piedras que parece un puente de papel. Se llega, contra toda esperanza, muy fácilmente al otro lado y, un poco más allá, el vientre de la loma abre sus bocas artificiales hacia el viajero del mar. Te topas con un brujo negro que no parece verte ni ser visto. Caminas hasta el borde de la visión buscando una subida. La encuentras. Te topas con otro negro que, no sabes bien por qué, se parece tanto al que viste hace poco, pero no, no puede ser el mismo. Subes sin detenerte. Llegas a la soledad prometida, sin marcos ni puertas que desear, sin árboles ni pajaritos, sino solamente tú y la ciudad, abierta frente al cielo como un ojo de agua.

E.

sábado, 24 de junio de 2017

Cacería de versos


Encontraba los versos camino de casa, cuando venía de la Universidad y no pasaba la última guagua. Entonces, tenía que irme a paso ligero por la Avenida de Acosta hasta el Conte y cruzar, por las calles bajas de Lawton, hasta las escalinatas que subían a mi barrio.

Los ojos atravesaban la calle como dos lombrices, dibujando cosas milagrosas donde sólo había salideros de agua, montañas de basura, calles rotas, viejos en la cola de la bodega, viento, framboyanes, gorriones con hambre, niños sucios o lindas mulatas caminando, calle abajo, bajo el sol tropical.

Yo llevaba siempre una libreta a cuadros y me sentaba en cualquier portal vacío a describir los pájaros que se me posaban en la cabeza. Luego, lo arreglaba en casa, y se lo leía, por las noches, a una viejita amiga mía que me escuchaba con paciencia.

La mitad de esos versos no valían para nada, pero eran el descubrimiento de que existía otro mundo más allá del humo de los coches destartalados que saltaban entre los baches, más allá de la basura en las esquinas y las moscas que la rodeaban, más allá del calor y los empujones en las guaguas, más allá de mis propios estudios y de los conflictos familiares sin fin. Un mundo que yo podía crear, desde la nada, con mis palabras, cuantas veces quisiera.

Los mejores versos eran la confirmación de que ese mundo era real, tan real como un sentimiento. Esos los encontraba casi siempre en la Loma del Burro, un sitio al que subía cada domingo y en dónde me llenaba de viento mientras contemplaba, a lo lejos, la Bahía de la Habana.

E.

viernes, 23 de junio de 2017

El vuelo del pájaro


Sólo aquel que tiene algo
puede perderlo.
Sólo aquel que espera algo de la vida
tiene la posibilidad de que la vida lo defraude.
Sólo aquel que quiere ser alguien
se pierde la oportunidad de Ser.

El pájaro vuela
porque en el vuelo se realiza a sí mismo,
pero para poder volar,
no puede estar agarrado a la rama.

¡Qué feliz el pájaro flotando sobre el vacío
cuando ni él mismo advierte
que está como disuelto
en el viento
de la montaña!

E.

El idiota


El idiota es la risa del tiempo. Sube y baja por la acera rota murmurando letanías incomprensibles, que son largos poemas sobre el origen del dolor, escritos en una lengua que los hombres han olvidado.

Le piden que cante y su ronca voz se eleva hasta tocar el cielo. Le piden que baile y ríe con una danza lenta que ensarta miles de corazones en un único hilo de sangre.

Así cada día, después del saludo del sol, buscan sus ojos limpios a aquel que pasará a pedirle una canción o un baile.

Y es eso lo que raya en el tiempo de la calle cuando no está bailando solo en la esquina una melodía grave que le rasga despacio la garganta y que él acompaña, amoroso, con el chasquido inútil de sus dedos.

Entonces habla con Dios.

E.