martes, 11 de julio de 2017

Terraza


I

Hay tardes en las que uno escucha todo
aunque no haya nada que escuchar.


II

Rodeado de hojas verdes
miro mi cuerpo semidesnudo.

¿Y si yo también fuera verde,
si fuera leve,
si fuera como una de esas hojas
que el viento al pasar
acaricia?


III

La gata viene
y se sienta junto a mi.

Se pone a escuchar
los mil ruidos que llegan hasta la terraza.

Una mancha negra
junto a una mancha blanca.

Un ser vivo que escribe
y un ser vivo que escucha.


IV

Para qué sirven todas estas palabras
-le pregunto al acebo que me mira
desde un extremo de la terraza…

¡Su silencio es demasiado elocuente!


V

¿El silencio?
¿Qué silencio?
¿El ruido del viento en la terraza?
¿El grito del autillo en el anochecer?
¿El sonido del tic-tac del reloj?
¿Los ronroneos de los gatos?
¿El rechinar del lápiz sobre el papel?
¿El murmullo de los pensamientos?
¿El taconeo de las palabras en la mente?



E.

lunes, 26 de junio de 2017

Las palabras son silencios


Una palabra recorre mi boca,
la cubre de saliva y despierta
el recuerdo de otra boca
que a un día de vuelo de paloma
descubre en su propia saliva
esta palabra que mi boca
no puede pronunciar.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

domingo, 25 de junio de 2017

La Loma del Burro


Tomando el camino del parquecito, hay un solar que tiene en el fondo hierba alta. Un lugar muy común, que no aportaría nada a la experiencia del viajero si no fuera por los recuerdos que abriga desde que vio el parque infantil, y que lo lanzan contra el ardor de una montaña imaginada. Cruzando la hierba calurosa en pos del riachuelo, se llega a una sombra maloliente y dulce, con un caminito de piedras que parece un puente de papel. Se llega, contra toda esperanza, muy fácilmente al otro lado y, un poco más allá, el vientre de la loma abre sus bocas artificiales hacia el viajero del mar. Te topas con un brujo negro que no parece verte ni ser visto. Caminas hasta el borde de la visión buscando una subida. La encuentras. Te topas con otro negro que, no sabes bien por qué, se parece tanto al que viste hace poco, pero no, no puede ser el mismo. Subes sin detenerte. Llegas a la soledad prometida, sin marcos ni puertas que desear, sin árboles ni pajaritos, sino solamente tú y la ciudad, abierta frente al cielo como un ojo de agua.

E.

sábado, 24 de junio de 2017

Cacería de versos


Encontraba los versos camino de casa, cuando venía de la Universidad y no pasaba la última guagua. Entonces, tenía que irme a paso ligero por la Avenida de Acosta hasta el Conte y cruzar, por las calles bajas de Lawton, hasta las escalinatas que subían a mi barrio.

Los ojos atravesaban la calle como dos lombrices, dibujando cosas milagrosas donde sólo había salideros de agua, montañas de basura, calles rotas, viejos en la cola de la bodega, viento, framboyanes, gorriones con hambre, niños sucios o lindas mulatas caminando, calle abajo, bajo el sol tropical.

Yo llevaba siempre una libreta a cuadros y me sentaba en cualquier portal vacío a describir los pájaros que se me posaban en la cabeza. Luego, lo arreglaba en casa, y se lo leía, por las noches, a una viejita amiga mía que me escuchaba con paciencia.

La mitad de esos versos no valían para nada, pero eran el descubrimiento de que existía otro mundo más allá del humo de los coches destartalados que saltaban entre los baches, más allá de la basura en las esquinas y las moscas que la rodeaban, más allá del calor y los empujones en las guaguas, más allá de mis propios estudios y de los conflictos familiares sin fin. Un mundo que yo podía crear, desde la nada, con mis palabras, cuantas veces quisiera.

Los mejores versos eran la confirmación de que ese mundo era real, tan real como un sentimiento. Esos los encontraba casi siempre en la Loma del Burro, un sitio al que subía cada domingo y en dónde me llenaba de viento mientras contemplaba, a lo lejos, la Bahía de la Habana.

E.

viernes, 23 de junio de 2017

El vuelo del pájaro


Sólo aquel que tiene algo
puede perderlo.
Sólo aquel que espera algo de la vida
tiene la posibilidad de que la vida lo defraude.
Sólo aquel que quiere ser alguien
se pierde la oportunidad de Ser.

El pájaro vuela
porque en el vuelo se realiza a sí mismo,
pero para poder volar,
no puede estar agarrado a la rama.

¡Qué feliz el pájaro flotando sobre el vacío
cuando ni él mismo advierte
que está como disuelto
en el viento
de la montaña!

E.

El idiota


El idiota es la risa del tiempo. Sube y baja por la acera rota murmurando letanías incomprensibles, que son largos poemas sobre el origen del dolor, escritos en una lengua que los hombres han olvidado.

Le piden que cante y su ronca voz se eleva hasta tocar el cielo. Le piden que baile y ríe con una danza lenta que ensarta miles de corazones en un único hilo de sangre.

Así cada día, después del saludo del sol, buscan sus ojos limpios a aquel que pasará a pedirle una canción o un baile.

Y es eso lo que raya en el tiempo de la calle cuando no está bailando solo en la esquina una melodía grave que le rasga despacio la garganta y que él acompaña, amoroso, con el chasquido inútil de sus dedos.

Entonces habla con Dios.

E.

jueves, 22 de junio de 2017

Mi mayor aventura


Toda la secundaria y el preuniversitario los pasé en un internado. Estudiábamos por la mañana y por la tarde teníamos trabajo en el campo o deporte.

Yo era muy malo para el deporte. Una vez estuve en un equipo de baloncesto y en mi primer partido importante, me puse tan nervioso, que eché la pelota en mi propia canasta. Me sacaron del equipo al día siguiente. Luego me apunté a hacer pesas porque me dijeron que tenía buena espalda. No aguanté una semana. Estuve también en judo y, el primer día, el entrenador me lanzó por los aires para ver si sabía romper caída. Me sacó todo el aire y casi me ahogo. No volví más por allí.

En realidad, nos apuntábamos a deporte para no ir al campo. El campo era un auténtico coñazo. Había que cargar con la guataca, a veces durante una hora de camino, hasta llegar a los campos de la cooperativa que tocara ese día: un sembrado inmenso de patatas, o zanahorias, o remolachas, o naranjas, o lo que fuera; y hacer que trabajabas o trabajar de verdad cuando venía el profe. Era más divertido sembrar o recoger fruta, depende de lo que fuera, pero en general, era un coñazo, sobre todo desyerbar.

La otra opción era fugarse. Yo tenía una pandilla y habíamos descubierto un rincón en un camino aislado por donde no pasaba casi nadie. Al borde del camino, se abría una selva de enredaderas y, allí, teníamos nuestra cueva secreta: un hueco grande entre las madreselvas.

Teníamos un cordel con anzuelo, una lata y un tenedor viejo. A veces nos íbamos a la laguna, cuando no había moros en la costa, y pescábamos jicoteas. Una vez intentamos cocinar una. La machacamos con una piedra, pero no hubo manera de abrir el caparazón de aquel bicho. Luego, la cueva se llenó de humo y fue imposible hacer nada más.

En el verano, nos metíamos en cueros en el arroyo que pasaba por detrás del matorral cuando no había nadie por allí, y nos dejábamos arrastrar entre las piedras. Luego, nos secábamos al sol y nos hacíamos pajas a ver quien se corría antes.

Los guajiros de la zona sabían que éramos unos fugados, pero hacían la vista gorda. Nosotros andábamos por el campo toda la tarde, cogiendo mangos o mamoncillos o fruta bombas o mameyes amarillos o lo que pilláramos por ahí.

Cuando caía la tarde, cogíamos nuestras guatacas y nos incorporábamos al grupo que regresaba. Eran grupos muy grandes y, a veces, los profesores no controlaban quién tenía que estar y quién no.

E.

miércoles, 21 de junio de 2017

Parque infantil


El vuelo de la tiñosa
y ese sabor de boca
que dejan los tamarindos chinos.

Las ramas en el viento
y un niño de nueve años
sorteando espinas para alcanzar el cielo.

Al otro lado el carrusel
gira y gira como mi vida ahora mismo.
Y veo niños jugando entre árboles.
Y veo risas creando mi mundo de ahora.

Sé que no volveré a ser
ese niño que conocía todos los escondites,
y sabía dar vueltas, sin parar, en el tiovivo,
o saltar al aire desde un columpio.

Pero ahora está abierta mi alma
como ese parque
que puedo ver otra vez,

y, estirando la mano,
puede que incluso alcance
una vaina encaracolada
de tamarindo.

E.

martes, 20 de junio de 2017

El muñeco de madera


Yo siempre andaba mataperreando por los techos. Mi padre me enseñó de pequeño a andar sobre las tejas y, aunque a veces rompía alguna, lo hacía bastante bien.

Me subía por el muro del patio cuando la abuela no estaba por allí y me daba una vuelta por el techo de la panadería, o el de la dulcería o el de la ferretería de al lado de casa, buscando nidos de gorriones bajo las tejas.

A veces, iba a buscar a mi amigo Félix Raúl cuando su mamá no estaba en casa y le gritaba, desde el tejado, que se viniera conmigo a dar una vuelta. Pero Félix era un poco pendejo.

Me encantaba andar por los techos de las casas. Había que escoger los momentos oportunos, cuando no había gente en la barbacoa de los vecinos y saber esconderse en el ala oculta de los techos. Era una tremenda hazaña llegar hasta la azotea y asomar la cabeza por encima de la baranda de la fachada para mirar pasar los coches de caballos y las bicicletas.

Pero lo mejor eran los domingos, cuando estaba cerrado el taller de prótesis de la otra cuadra. Saltando el muro de la reja se podía llegar por las escaleras al tejado, y allí, una manzana entera de techos para explorar.

Un día me encontré en un patio un muñeco de madera vestido de chino. Atrapó tanto mi atención que decidí bajar a cogerlo porque no había nadie en el patio. El patio daba a otro patio que tenía unos estanques llenos de agua. Me llené de valor y fui a ver qué era aquello. Unos peces rojos nadaban alrededor de una montaña en miniatura, de la que salía un hilillo de agua imitando una cascada. Me quedé embobado hasta que escuché que alguien abría la puerta de la casa. Subí tan rápido como pude con el muñeco a cuestas y me quedé mirando desde el tejado. Unos chinos viejos aparecieron por allí y se pusieron a trajinar entre los estanques. Sus movimientos eran exactos como los de un gato y mientras daban de comer a los peces sonreían como si entendieran los ademanes de las sombras bajo el agua.

No sé si extrañaron alguna vez el muñeco de madera, pero fue gracias a él que descubrí la casa de los chinos y, desde entonces, además de andar por los techos, me aficioné a criar peces.

E.

lunes, 19 de junio de 2017

Hilo a hilo


Después el alga rota.
Ahora el canto de la sirena,
enhebrando palabras muertas en un hilo vivo.
Y yo canto y canto
como la mar:
ola enfundada, llena de misericordia,
que borra todo al pasar.
Ven a mí, mar, enhebra por fin este hilo
hecho de gaviotas sobre la arena,
de palabras dulces, saladas, arremolinadas,
batientes al viento que va y viene
sobre la mar.
Hilo gigante,
lazo de pesqueros en el horizonte.
¡Cristal!
¡Cristal!

E.

domingo, 18 de junio de 2017

Al salir de clase


Yo jugaba con los mataperros de mi cuadra de pequeño. Estábamos todo el día en la calle después de clases, jugando a las bolas o a los trompos, y por la noche nos íbamos de ronda por el parque de la iglesia a darles nalgadas a las muchachas y echarnos a correr.

Había un negrito y dos jabaos que eran la candela. Eran mayores que yo y me tenían de recadero. Una vez haciendo el tonto al ir a recoger un tirapiedras que había ido a parar al medio de la calle, metí la oreja entre la cadena y la catalina de una bicicleta que pasaba por allí. Ellos se morían de risa y yo no comprendí hasta que vi a mi madre gritando. Entonces me miré el lado izquierdo por donde caía un chorro de sangre hasta la acera y me puse a llorar. Me pegaron la oreja como pudieron en el hospital del pueblo y anduve todo un mes castigado, sin salir a jugar a la calle. 

Cuando me quitaron la venda de la oreja el negrito se quiso hacer el gracioso conmigo en el aula. Me llamó muengo y se cagó en mi madre. Quedamos a la hora de la salida para fajarnos.

Yo nunca me había fajado con nadie. Me costaba sacar la rabia suficiente para golpear a otro niño en la cara, pero acudí a la cita a ver qué pasaba. 

El negrito se paró frente a mí y me mentó la madre. Yo pensé en algo que me incitara a golpearle. Me acordé del chorro de sangre cayendo por mi hombro, de mi madre gritando y de aquel imbécil que se reía al otro lado de la calle. Le solté un piñazo en plena jeta que lo dejó atontado. Cuando se repuso, comenzó a llorar y arremetió contra mí. Nos revolcamos en un amasijo de manotazos, patadas y malaspalabras hasta que el maestro de quinto nos separó. 

Fue una experiencia que tuve que repetir alguna vez más para hacerme respetar en la escuela. Encontrar la furia era la parte más difícil.

E.

sábado, 17 de junio de 2017

El deber cumplido


Tengo tanto llanto
acumulado en mi garganta.

Carmen Mariátegui

No lloré
cuando aquella bici me destrozó la oreja,
ni cuando me metí aquel clavo oxidado
en la planta del pie.

No lloré cuando todas esas chicas
fosforescentes
me partieron por dentro.

No lloré cuando murió mi madre
camino de urgencias,
ni cuando me dijeron que mi hermana
se había desangrado sola y lejos de casa
en su último parto.

No lloré cuando me dejaron solo
en aquella ciudad vidriosa
y me quedé con la espalda rota
sin nadie a quien acudir
a este lado del mundo.

De pequeño me enseñaron
que yo era un hombre
y que los hombres no lloran.

E.

viernes, 16 de junio de 2017

Lágrimas negras


Ese día habíamos estado comiendo mucho y a mamá le dio su último ataque de asma.

Se puso muy nerviosa y el inhalador no le hacía nada. Empezó a decir las bobadas de siempre: que se moría, que cuidara de mis hermanas y cosas así. Yo siempre intentaba tranquilizarla pasándole la mano por la espalda y hablándole bajito, pero ese día me puse furioso y le grité que sí, que si seguía así sí que se iba a morir.

Se puso peor y me dijo que corriera a casa del vecino a ver si podía llevarnos al médico en su carro. Mena sacó su Chevrolet del 53 a toda leche y nos fuimos al hospital. Yo me puse detrás con mi madre entre los brazos tratando de calmarla, pero no se calmaba. Empezó a ponerse azul y a mitad de camino dejó de respirar.

Cuando llegamos al hospital costó sacarla del coche. Luego se pusieron a hacerle todo tipo de cosas: la desnudaron, le clavaron una aguja en el cuello y empezaron a darle golpes en el pecho. Yo miraba todo ese absurdo con desgana porque sabía que mi madre ya no estaba en aquel pesado cuerpo, se había ido ligera de equipaje al lugar que tanto mencionaba en sus cantos.

Me fui afuera y me senté en la escalinata con una sensación extraña en el pecho, pero no lloré. Miré al cielo y le desee buen viaje a donde quiera que hubiese ido.

Luego vino el velorio, el entierro y toda la parafernalia que se monta entorno a la muerte de un ser humano, con gente llorando, rollos familiares y demás. Yo no tenía ganas de llorar, así que no lo hice.

A los tres días de aquello, estaba en la barbacoa y me di cuenta de que todos los conflictos entre mi madre y yo se habían acabado. También me di cuenta de todo el cariño que me había dado y de lo mucho que la extrañaría. Entonces lloré en silencio sin parar durante tres horas seguidas.

Luego me duché y me fui a dar una vuelta por las calles que mi madre y yo recorríamos juntos, a veces, al atardecer.

E.

jueves, 15 de junio de 2017

Manolo en el ballet


Habrás amado tres veces consecutivas
las tres imágenes que te regalará ese viejo
estanque.
Habrás sido otra vez el cisne blanco
erguida tu pureza ante una gran quietud de agua.
Habrás acariciado tu alma en círculo infinito,
en hondo vuelo de hojas,
en emanaciones de signos escritos sobre el viento,
con aroma en ascenso de piel fresca
y ondulante.
Te habrá parecido
que un naufragio de amor llegó para salvarte
cuando tu figura se perdía entre la paredes
de un beso.
Habrás dejado de ser cuerpo o espíritu viviente,
desnuda ave o mujer emplumada,
párpado o perfil.
Habrás muerto otra vez sobre el ciego tablado
soñando el nacimiento de un nuevo par de alas
mientras olvidas tu forma en el espejo.

E.

miércoles, 14 de junio de 2017

Prórroga



Éramos pobres en un país de pobres.

Pedro Juan Gutiérrez

La negrita aquella no tenía donde caerse muerta. Sus padres le daban un vaso de agua con azúcar por la mañana y con eso salía a la calle a buscarse la vida. No iba a la escuela porque era muy bruta. Había repetido sexto cuatro veces y al final sus padres la dieron por perdida y la dejaron a su aire.

Se paseaba por el callejón con la mirada de un perro hambriento y su padre le echaba la bronca desde la azotea cuando venía de la microbrigada.

Yo le daba siempre un pedazo de pan con timba cuando mi padre, cargado de cosas del campo, nos hacía la visita. Ella se ponía contenta como un colibrí. Pero a mi madre no le gustaba que se metiera en casa ni que andara conmigo porque le recordaba que mi padre la había dejado por una negra.

La negrita se pegó a mí como una lapa, creo que por lo del dulce de guayaba, y me seguía a todos lados. Yo no tenía novia en aquella época y la verdad que la negrita estaba buena aunque olía fuerte a negro de no bañarse.

Cuando mi madre no estaba en casa se metía por el patio de atrás y se ponía a restregarse conmigo en la cocina. Un fin de semana nos escapamos a Santa María y estuvimos templando en el mar, lejos de la gente.

A la semana siguiente me empezó una picazón insoportable en los huevos y resultó que estaba lleno de ladillas. Me tuve que afeitar los pendejos y echarme lindano sin que se enterara mi madre porque me mataba.

A la negrita le dije que hiciéramos una prórroga y le aconsejé ir al médico a mirarse los genitales, aunque no sé si me entendió bien. No volví a darle dulce de guayaba y me perdí del barrio una temporada hasta que nos mudamos de allí.

E.

martes, 13 de junio de 2017

Pájaro encendido


Cómo iba a pensar yo
que ese sería el último suspiro
de la abuela,
si afuera había tanto sol
y el framboyán estaba encendido de rojo
y el pájaro aquel cantaba
con la vocecita de la abuela:
¡búscame plátanos maduros!
¡búscame un plátano!

Yo acababa de llegar de la universidad
cuando me dieron la noticia.
Ya no era un niño
y entendía algunas cosas.
Por eso supe enseguida que la abuela
se había convertido en pájaro.

E.

lunes, 12 de junio de 2017

El rincón de la abuela


Mi abuela tenía una casa independiente dentro de la casa donde nací.

Era una viejita laboriosa que siempre tenía todo limpio y disfrutaba arreglando su jardín. Yo la ayudaba a muchas cosas y, cuando la enredadera del patio crecía demasiado, me lo pasaba de lo lindo cortando hojas a diestro y siniestro.

La casita de mi abuela estaba al fondo del pasillo. Tenía una habitación y un salón-comedor-cocina que daban a su patio, colindante con el nuestro. Los patios estaban separados por un muro y desde ese muro se subía al tejado de la casa. Yo tenía que velar a mi abuela para subirme, porque si me veía se lo decía a mi madre o a mi padre y me tocaba una buena con la chancleta.

Mi abuela tenía un árbol de navidad que ponía todos los años dos meses antes y lo quitaba dos meses después. Yo era el encargado de ponerle las luces. Me encantaba eso de enganchar cables y bombillas, y había descubierto que con un encendedor de fluorescente se podía hacer el efecto de la intermitencia.

Cuando llegaba la navidad yo me escondía allí y mi abuela me enseñaba salmos. A mi padre no le gustaba mucho. Tal vez por eso era divertido.

El mejor recuerdo que guardo de mi abuela era cuando se quedaba dormida en su balancín, escuchando las lecturas bíblicas de la radio. La voz del lector venía de muy lejos, del otro lado del mar y la envolvía en una brisa ligera. El rostro de mi abuela se balanceaba en aquella brisa con una sonrisa llena de paz.

E.

domingo, 11 de junio de 2017

Manolo en la azotea


La ciudad se esconde dentro de la noche.
Late más allá de la fugacidad de los lumínicos,
reposa en blanco y negro al abrigo de un parque.

Sobre ella, infinitas ciudades brillantes o apagadas
impregnan el aire de distancias.

En la esquina unos perritos se hacen el amor
con largueza
y un borracho gesticula sus desdichas al sentir
la ternura de la noche que lo abraza cálidamente.

La gente camina desnuda por la ciudad
que se prolonga en círculo
hasta los muros de la noche.
Es el reproche de muertos que bailan por las calles
ligeros de piel,
hermosos y resplandecientes
como una buena canción.

La ciudad pierde sus límites...

Una mujer de niebla la contempla,
lista su partida al mundo de los sueños,
adonde irán
la noche y la ciudad pupilando bajo sus párpados.

E.

sábado, 10 de junio de 2017

El gallinero


Yo estaba sentado con las piernas cruzadas en la azotea y miraba las gallinas. Estaban apiñadas en una jaula de madera con alambres y cacareaban sin parar. Todas eran blancas, gordas y feas, y engullían el pienso que se robaba mi padre de la granja en pocos minutos.

Me aburría mirarlas, pero no había mucho que hacer por las tardes en los tejados de mi casa. Por las mañanas era más divertido, porque podía espiar, por la claraboya de la panadería, el inmenso horno donde metían el pan con aquellas varas larguísimas. Pero eso tenía que ser los fines de semana, cuando no tenía cole.

Aquel día descubrí a la vecina de al lado que acababa de salir del baño. Yo estaba detrás del gallinero y mi vecina no podía verme. Terminó de secarse y dejó caer la toalla para mirarse en el espejo, y poco a poco empezó a acariciarse los senos y a meterse mano ella misma. A mí se me puso dura porque la chica, aunque era tan fea como las gallinas de mi padre, estaba muy buena, y se veía que disfrutaba con su cuerpo.

Cuando bajé de la azotea mi padre me preguntó si me habían gustado las gallinas. Le dije que sí para variar y que si quería yo me encargaba de echarles el pienso de vez en cuando.

E.

viernes, 9 de junio de 2017

Monte adentro


Fragancia de caracol.
Iguana que mira fijamente al mamoncillo
y corre tronco arriba
como un dragón verde-azul.
Fragancia de hoja perlada en la maraña
de la manigua.
Cae el machete como un rayo,
cae una lluvia finísima
en el ojo de agua con verdín
donde se esconde el zapo-toro a cantar.
Fragancia de pasos en el monte,
monte adentro tras las huellas
del majá que se huye,
que se convierte en rama trepadora
o en fruta roja de pitihaya.
Fragancia de árbol salvaje,
de marañón, de anón, de mamey colorao,
de caballo silvestre en la manigua,
de soledad de monte adentro,
de mil cantos de pájaros,
de libertad.

E.

jueves, 8 de junio de 2017

Tres casas


La casa de Lala era la de los caballos. Eran unos pencos viejos y flacos pero para mí eran los mejores caballos del mundo. Yo me cogía uno y me iba, montado a pelo, por la guardarraya, hasta el final del cañaveral. Luego volvía trotando por el otro lado. Los pencos de Lala eran un poco asustadizos y una vez uno me tiró en medio de las cañas. Yo era un niño y me costó volver a coger confianza encima de un caballo. La verdad es que aquellos pencos hacían conmigo lo que les daba la gana, pero para mí eran lo máximo y me daba igual lo que hicieran.

La casa del tío Ibrahim estaba al otro lado de la carretera. En esa casa había nacido papá y tenía un guayabal grandísimo y no sé cuantas matas de mango de todo tipo: filipinos, mangas blancas, de chupete, de corazón... Mi padre y yo, cada vez que íbamos, le hacíamos una buena limpieza. Yo me subía a las matas y mi padre peloteaba la fruta con un saco de yute entre dos palos. Cuando terminábamos yo me daba un banquete allí mismo. Nadie sabe lo rica que está la fruta que se come subido en la propia mata. La casa de mi tío tenía un aljibe que a veces tenía agua y que yo usaba como piscina o para coger renacuajos. Papá siempre estaba con la cantaleta de que era muy hondo, pero yo no le hacía mucho caso.

En la loma estaba la casa de los gallegos, que eran los abuelos de papá. Eran unos viejitos de pelo blanco que desayunaban frijoles con boniatos y siempre tenían dulce de coco para regalar. Yo me iba andando o a caballo desde la finca del tío por la carretera y luego loma arriba. Siempre encontraba alguna mata de anón o de mamoncillos por el camino.

Estas tres casas eran mis lugares de visita cuando iba al campo los fines de semana con mi padre. Eran bohíos de tablas de palma y techo de guano que contenían toda la magia que un niño puede desear. Entonces yo me convertía en un animalillo salvaje, suelto por el monte.

E.

miércoles, 7 de junio de 2017

Natividad


Si en mi pequeño corazón
hay un canto que brilla como un río de plata,
si las bolas de colores del arbolito
son como las estrellitas de la noche para mí
y saltan por toda la sala
mientras la abuela susurra
desde un sillón lejano,
si el niñito Jesús viene a mi encuentro
y me besa en lo más tierno del alma,
debe de ser que bajo mi pecho ha despertado
un pajarito de nieve.

E.

martes, 6 de junio de 2017

Tradición


La tradición era que en fin de año había que follarse a una negra.

El Dipo decía que tenía que ser muy prieta y que había que estar follando a las doce para que la negra se llevara toda la mala suerte de uno y empezar el año con buen pie.

Luego me contó cómo se había ligado a aquella jevita en el M-7 y toda la labia que le había soltado para que se fuera con él a casa de su abuela después de la universidad.

El Dipo tenía unas cervezas que su primo había resuelto en la Polar y con una cinta del Médico de la Salsa puso enseguida a tono a aquel pedazo de negra.

No había nadie allí esa noche. Su primo se había llevado a la abuela a casa de su novia en Alamar para despedir el año y el Dipo aprovechó para follarse a la jeva en la cama de su abuela hasta bien entrada la noche. Me dijo que aquella negra era la candela y sabía hacer de todo en la cama.

El Dipo se despertó al amanecer sin cartera ni reloj en la mesita de noche. La negra había desaparecido como por arte de magia.

Todo esto me lo contó entre cerveza y cerveza, con una gran sonrisa y un tabaco en la mano izquierda: ¡Esa negra se llevó mi mala suerte y, de paso, se llevó todo lo que pudo!

E.

lunes, 5 de junio de 2017

Adolesciente


Roto grito del infante
vaga por camino estrecho:
el hueco negro del pecho.
La mueca verde brillante
ondea tras el cristal
y encima el espejo gris
añora ser flor de lis
en la frente de un mortal.
Corazón, no te detengas,
rueda insatisfecho, fiel
entre la sombra y la luz.
Sabe que de alguna cruz
brotará cual rica miel
la ciudad de dichas luengas.

E.

domingo, 4 de junio de 2017

La casa de madera


La parte de atrás de una de las casas donde viví en La Habana tenía un patio de cemento con un techo de aluminio. La mesa de comer estaba bajo ese techo y allí yo me sentaba a escribir por las mañanas o al atardecer. Cuando llovía, las gotas retumbaban en el techo de metal. Era hermoso oír el traqueteo de la lluvia hasta que la mente se quedaba limpia como una hoja en blanco y aparecía la primera palabra de un poema. 

Aquella casa era de madera y la compartíamos mi madre y yo con una pareja que siempre andaba separándose y volviéndose a juntar. Sus peleas y reconciliaciones traspasaban la pared divisoria y eran un escándalo para mi madre, que era una puritana, pero eran muy divertidas. 

Yo dormía en una barbacoa que había encima de la cocina. Las tablas crujían al caminar y tenía que andar con cuidado por las mañanas para no despertar a los demás. Era una caja de madera, pero frente a mi cama había una ventana pequeña desde donde se podía ver el cielo.

Mi abuela se vino a vivir con nosotros después de su operación y murió en esa casa. Luego murió mi madre y mi hermana se vino a vivir allí con su familia. 

No sé cuantos años tenía esa casa. Sus tablas cantaban cuando pasaba un ciclón. Pero era una madera muy dura. Creo que todavía sigue en pie.

E.

sábado, 3 de junio de 2017

Unicornio


Si se me apareciera ahora,
entre sueños,
con su mirada eterna,
yo no sabría qué hacer
con mi alma finita y estrujada.

Si me invitara él ahora a cabalgar
en la pureza del mundo,
yo no sabría qué llevar
entre tantos harapos de vida.

A pesar de todo,
me gustaría acercarme
a su cuerno dorado algún día.

Desnudo de tiempo.
Desnudo de mí.

E.

viernes, 2 de junio de 2017

Mi primer trabajo


Cuando terminé la carrera me tocó trabajar en uno de los centros de biotecnología del este de la Habana. Era un centro de investigación y producción de fármacos y estaba apadrinado por el Comandante, que había creado para ellos un nuevo concepto de trabajo que se dio en llamar: “horario de consagración”.

Allí se trabajaba de 8 de la mañana a 11 de la noche y había un par de guagüitas Girón que recogían y devolvían al personal de todas partes de la Habana con un trayecto de más de una hora, así que, como andábamos casi siempre con sueño, nos hacíamos el viaje durmiendo. 

Teníamos comedor y gimnasio con duchas. De manera que desayunabas, comías y cenabas en el Centro, y hasta podías hacer deporte y ducharte allí. Y, por supuesto, también cagabas allí, y era una delicia porque los baños estaban siempre limpios.

Yo ganaba una miseria por ser recién graduado, pero como casi vivía en el centro de trabajo, me gastaba muy poco y hasta me daba para una cuenta de ahorro.

Mucha de la gente que trabajaba allí y tenía pareja, vivía en unos edificios que habían hecho para ellos al otro lado de la Avenida 31. La mayoría eran de otras provincias y estaban allí a tiempo completo creando vacunas y transgénicos, y como sólo tenían que cruzar la calle para ir a dormir, se quedaban trabajando hasta las 12 de la noche o más.

Allí conocí a una chica de Holguín que vivía en los edificios y fue la que me enseñó a follar. Era un poco mayor que yo y tenía mucha experiencia, y como también le gustaba la poesía, yo le escribía poemas en la cama después de cada polvo.

Lo hacíamos a cualquier hora y en cualquier sitio. Como ella trabajaba dos plantas más arriba, era solo cuestión de marcar su extensión en el teléfono y acordar una hora y un lugar donde no hubiera cámaras de seguridad. También pedíamos hacer las guardias juntos por la noche y las aprovechábamos bien. En realidad no era nada extraordinario todo aquello, era más bien una práctica habitual en aquel sitio donde la gente se pasaba la vida trabajando y follando para relajar el estrés.

Luego me fui a vivir con ella a los edificios, pero las cosas no fueron del todo bien porque yo era un poco raro en aquella época. Así que nos separamos y yo al final me busqué otro trabajo con horario normal.

E.

jueves, 1 de junio de 2017

Alba


Y yo me dije:
Este es el amor
y en él se pierde la mirada
(porque miraba y no veía,
porque trataba de sentir
y no sentía nada).

Y envuelto en nada yo me dije
este es el amor:
un grito de pájaro al amanecer,
un grito en la distancia,
un pájaro que pasa allá a lo lejos,
unas alas dentro del corazón.

E.

miércoles, 31 de mayo de 2017

El predicador


Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel en Jerusalén.
Eclesiastés 1:12

Hubo un tiempo en el que estuve de predicador. 

Mi madre era hija de un pastor bautista y aunque mi padre era comunista, yo era un adolescente muy emocional y me encariñé con las parábolas de Jesús y las cartas de los apóstoles. 

Eran tiempos difíciles en los que la gente buscaba esperanzas. Siempre hay tiempos difíciles y es fácil darle a la gente esperanzas en cosas que no se ven. Esas cosas se convierten entonces en sentimientos potentes que pueden impulsar la vida de uno. 

Predicar era para mí como hacer poesía, una poesía con un mensaje trascendente, enlazando las palabras de Jesús con la realidad cotidiana, de manera que saliera a la luz el significado oculto de las cosas. Esto me inspiraba, y a veces era capaz de transmitir esa inspiración a los demás. Entonces todos cantábamos y dábamos gracias al Hijo del Hombre por hacer de esta vida sin sentido una flor recién abierta. 

Íbamos por los hospitales hablando de estas cosas a los enfermos. Muchos nos miraban incrédulos, pero otros se dejaban inundar por la emoción del mensaje y aceptaban a Jesús como su salvador personal. Tal vez estaban próximos a la muerte y aquellas palabras de otro desesperado les ayudaban a morir en paz consigo mismos. 

Dejé de predicar cuando una chica pelirroja me enseñó que había otro mundo más allá de las palabras. El mensaje de aquella chica era incompatible con el puritanismo evangélico, así que cambié de rumbo. Pero siempre recordaré mi etapa de predicador con un cariño especial.

E.

martes, 30 de mayo de 2017

Pausa en la nostalgia


Mi angustia
es el eco
de la risa de Dios

Pedro Casariego Córdoba

Venías luego,
cuando el sol se deshacía en el horizonte,
y echábamos juntos unas risas,
entre inspiración y expiración de la tarde.

Los gorriones saltaban en el césped amarillo,
piaban y se insultaban unos a otros
por un trozo de pan duro.

Pero cuando los pulmones de la tarde
se detenían,
esa cosa extraña los mandaba callar
y llenaba ella sola todo el parque.

Ni siquiera se escuchaban los carros.

Todo el mundo dejaba el parloteo,
como si hubiera pasado un ángel.

Yo no sabía qué era aquello.

Yo era un adolescente como cualquier otro
y adolecía de casi todo.

No tenía ni siquiera esta nostalgia de ti,
que desde entonces me acompaña.

E.

lunes, 29 de mayo de 2017

Ronquidos


Mi madre roncaba todas las noches.

La casa donde nací era una casa muy larga con las habitaciones al fondo. Los ronquidos de mi madre se escuchaban desde el recibidor, y, a medida que te sumergías en la casa, te ibas adentrando en el profundo ronquido de mi madre que lo llenaba todo.

Mi padre también roncaba, pero al lado de mi madre sus ronquidos eran como el maullar de un gato junto a un tigre.

Mi madre tenía una forma curiosa de roncar. Ponía la cabeza sobre la almohada y a los cinco minutos ya estaba roncando. Empezaba despacio y bajito, pero poco a poco iba aumentando la frecuencia y el volumen hasta convertirse en algo atronador que retumbaba en las paredes y los techos, y deambulaba por la casa como un animal nocturno. Mi madre se despertaba asustada en el punto culminante y volvía a empezar de nuevo.

Una vez grabamos su ronquido y se lo pusimos cuando estaba despierta. No se lo podía creer y estuvo todo el día enojada.

Cuando se separó de mi padre, yo me vine a dormir con ella para calmarla. Sus ataques de asma también eran un círculo progresivo. Se asustaba y le subía la presión arterial, esto le provocaba un ataque de asma, con lo que se asustaba más y le volvía a subir la presión, hasta que algún resorte en su cerebro desconectaba el circuito.

Yo aprendí a dormirme primero. Yo también roncaba, pero mis ronquidos no eran un problema para ella.

E.

domingo, 28 de mayo de 2017

Sueño


Cuando era pequeño
soñaba que podía volar.

Me dejaba caer escaleras abajo
y enseguida me elevaba del suelo.
Luego era cuestión de equilibrio
para recorrer la inmensa habitación volando
con los brazos abiertos.

Este sueño se repitió a lo largo de mi vida
en momentos de intensa felicidad,
de manera que fui creciendo con él
y él fue creciendo conmigo.

A veces,
cuando escribo un poema,
las cosas de fuera se llenan de luz
y esta luz enciende imágenes
dentro de mi mente.
Entonces advierto la felicidad
que estas palabras pueden encender en otros
y siento cómo mis pies
comienzan a elevarse del suelo.

E.

sábado, 27 de mayo de 2017

Agua


El Píter era un chico mediano con la nariz grande y pecho de paloma que estaba en la misma clase que yo en el internado.

Se sentaba en primera fila y tenía la costumbre de meterse la punta del lápiz en la boca. Luego escribía. Luego se metía la punta del lápiz en la oreja. Se rascaba. Volvía a escribir. Se sacaba los mocos con la punta del mismo lápiz y se lo volvía a meter en la boca. Lo consideraba un instrumento muy eficaz. Que yo sepa, nadie en el aula se lo pidió prestado nunca.

Era un monstruo de las matemáticas. Andaba casi siempre con un libro bajo el brazo, dándole vueltas a algún problema irresoluble para nosotros. Cuando entraba de lleno en ello, se olvidaba del mundo y hasta pasaba de bañarse.

En esas épocas llegaba a oler a chinchinguaco y el jefe de albergue le decía: ¡Píter, a jugar agua o te vas a dormir a la terraza!

Entonces el Píter se daba un baño ejemplar. Me pedía el jabón y se iba a la ducha silbando. Se pasaba allí más de una hora, cosa que superaba con creces su estándar de tres minutos.

Volvía resplandeciente frotándose la espalda con la toalla y se ponía a deshollinarse las orejas y la nariz para terminar luego dándose violín entre los dedos de los pies con un calcetín sucio.

Por lo demás, era un buen chico. Y era mi amigo.

E.

viernes, 26 de mayo de 2017

El primer poema de mi vida


Tenía quince años
y cuando aparecía con su uniforme azul
yo quería creer en los ángeles.

Nos dábamos un beso
y yo le llevaba la maleta hasta el albergue.
Allí nos dábamos más besos,
largos como la noche estrellada,
y ella sonreía con esa luz
que hacía creer en los ángeles.

Yo era entonces
el adolescente más feliz de la tierra
y la tierra era redonda y en el cielo
parecía que cantaban los ángeles.

Un día ella me dejó.

Entonces pataleé,
lloré
y me pasé sin comer una semana.

Y a la semana siguiente
cogí un lápiz y una hoja en blanco
y escribí mi primer poema,
que no hablaba de ángeles.

E.

jueves, 25 de mayo de 2017

La pata de gallina


Mi padre nos llevaba a Varadero de vacaciones una vez al año. Era la época en la que Varadero no estaba abarrotado de hoteles y extranjeros, la época en la que mis hermanas no estaban casadas aún, en la que aún mis padres no se habían divorciado y en la que yo era un muchacho inocente y feliz.

El viaje era de unas cinco horas en un autobús interprovincial con aire acondicionado y casi siempre lo hacíamos de noche. Para mí era emocionante todo el jaleo de bártulos en la madrugada, la espera, subir las escalerillas y sentarme, ver pasar las luces de las farolas por las ventanillas de cristal, sentir el frío del aire acondicionado que era como si la noche se metiera allí adentro e irme durmiendo bajo la toalla para despertar en otro sitio al amanecer, cuando el autobús bordeaba las aguas cristalinas de la costa.

Mi padre alquilaba una habitación con una cama y literas en el primer piso de una casona antigua. En la parte de abajo vivía la dueña de la casa, una vieja llena de collares de santería que siempre andaba mascando un tabaco tan viejo como ella. A mi madre no le gustaba nada aquella vieja y mi padre se reía desde la ventana cuando la vieja salía al patio con un vaso de agua, salpicaba con unas gotas el suelo de cemento y lo dejaba debajo de la mata de mangos.

No recuerdo por qué se disgustó mi padre con la vieja un día, pero recuerdo lo que hizo para vengarse. Consiguió en algún sitio una pata de gallina y le amarró un trapo rojo. Lo metió todo dentro de una bolsita de plástico transparente y tiró el bulto al patio de la vieja por la madrugada.

La vieja salió por la mañana y se quedó tiesa como una vara de pescar. Cuando reaccionó, cogió la escoba y el recogedor y tiró todo aquello lejos de allí; y luego se puso a echar cubos de agua en el patio como una loca y a santiguarse mientras nosotros nos desternillábamos de risa en el piso de arriba y mi madre regañaba a mi padre por ser tan jodedor.

La vieja estuvo tirando cubos de agua en el patio por las mañanas los quince días que pasamos allí y quién sabe cuantos más. Nosotros esperábamos cada amanecer en la ventana para disfrutar del espectáculo, pero cuando pasábamos junto a la vieja, la saludábamos muy serios y escondíamos la risa adentro. Nunca sospechó que fue mi padre quien le dejó aquel regalito.

E.

miércoles, 24 de mayo de 2017

El constructor


Había que cribar la arena
de la pedriza.
Yo sujetaba el cernidor por un extremo
y mi padre bandeaba el aire con la pala
hasta llenar la esterilla.
Entonces tiraba del otro extremo
y la magia venía a nuestro trasiego.
Yo me quedaba sin referencias
porque allí
lo que fuera que hubiese
era un único movimiento:
un hombre y un niño en un sólo movimiento,
un hombre y su hijo en un sólo movimiento,
un hombre y la prolongación de sí mismo en
un sólo movimiento horizontal,
que cortaba el aire y la respiración de la tarde;
y hacía aparecer, como de la nada,
una arena finísima
que se mezclaba con la última luz,
y era del color de la luz,
y no dejaba sombras,
ni siquiera en los recuerdos.

E.

martes, 23 de mayo de 2017

El caviar y la cebolla


Un día una amiga del Dipo que tenía el marido en Miami le enseñó lo que era el caviar. Lo hicieron con un poco de cebolla muy picada y luego se pusieron a cocinar tamales, arroz con gris, tachinos y algo de ropa vieja. Se fueron a la cama con la barriga llena y el corazón contento, y estuvieron templando toda la noche.

Al otro día, el Dipo se bajó del camello con tremendas ganas de cagar. Cogió por el Paseo del Prado y cruzó el parque de la Fraternidad para ir a parar a la cafetería de la esquina. Allí no había baño, pero una rubia impresionante espantaba a las moscas del mostrador con un trapo viejo. El Dipo apretó el culo y sonrió a la rubia: -¿me das un vasito de agua? La rubia no contestó, dio media vuelta y sacudió su impresionante trasero frente a los ojos alucinados del Dipo. Él no pudo contenerse y le soltó: ¡mami, si cocinas como caminas, me como hasta la raspita!. La rubia lo miró sonriente y le dio el vaso de agua. El Dipo se lo tomó y salió pitando.

Pasó frente al hotel Inglaterra. Sabía que no aguantaría mucho más. Miró al portero a los ojos y le dijo: -Mira compadre, me estoy cagando y no puedo más, ¿me dejas pasar al baño? El portero, un negro de uno noventa, lo miró con la cara ladeada y le dijo: pasa asere, al fondo a la izquierda.

El Dipo cagó como nunca había cagado en su vida. Entró a un baño con suelos de mármol y olor a rosas. Se sentó en una taza limpia y descubrió impresionado que había papel sanitario a su derecha. Era un papel suave, azul, con el que daría gusto limpiarse. Cuando lo hizo, se sintió como un niño y empezó a preguntarse cómo haría para descargar aquel baño. Había un botón grande en la pared que decía PUSH. Como sabía algo de inglés, pulsó el botón y un par de submarinos iniciaron su viaje hacia un mundo que el Dipo imaginó más feliz que el suyo.

Luego quiso lavarse las manos, tenía que probarlo todo antes de marcharse, pero no encontraba llaves por ningún sitio del lavamanos. Sin darse cuenta dejó las manos un minuto bajo la pila y brotó un chorro de agua templada.

Salió de allí como de un sueño. Pasó junto al portero y le dijo: ¡Qué bien viven los que no son de este país, compadre! El negro se rió y le extendió la palma de la mano. El Dipo miró pa' arriba de reojo. No tuvo más remedio que sacarse unos pesos del bolsillo.

E.

lunes, 22 de mayo de 2017

Llamada telefónica


Mi padre sonríe al otro lado del teléfono.

Habla sobre la crisis
de la economía mundial
y me dice que Cuba aún resiste.

Comiéndose un cable,
pero resiste.

Como mi padre,
cada vez más viejo.
Viejo y sonriente.

E.

domingo, 21 de mayo de 2017

Día de trabajo


Por aquel entonces yo trabajaba por la Habana Vieja en una oficina de registros que ocupaba parte de un antiguo convento. 

Llegaba muy temprano y me perdía por las calles adoquinadas buscando no sé qué cosa. No encontraba nunca nada, pero antes de sentarme a trabajar, escribía algún poema sobre el mar o sobre callejones iluminados por el sol del amanecer. Eran muy malos. 

Lo primero que había que hacer allí era pasarse una hora ordenando fichas. Era nuestra cuota de trabajo voluntario y como no teníamos otra cosa, las desordenábamos cada día para ordenarlas al siguiente. 

Después del voluntariado, me sentaba a conversar con una rusa que trabajaba con nosotros. Tenía la piel muy blanca, un buen culo y estaba un poco loca. Decía que veía rostros transparentes por las noches, rostros con voces mudas que parecían quejarse en la oscuridad y la dejaban temblando. Yo hubiera querido poner las manos en su culo, pero dejé de hablar con ella porque tenía fijación con los fantasmas. 

A mediodía podías salir al mercadillo de la parte de atrás del convento y comprar fruta.   A veces había que ir allí a buscar a la gente para alguna reunión de trabajo. Iba uno de nosotros, que no tuviera reunión, y se quedaba marcando el turno para los otros. No era indisciplina laboral, era simplemente resolver, acomodar el tiempo para hacer otras cosas después del trabajo, porque podías llegar a casa y tener que salir a buscar agua o un pin-pan-pu para dormir por la noche en la terraza si se iba la luz. 

Eso era trabajar en Cuba entonces, entre apagones y recortes de agua diarios, con una libertad ilimitada para soñar.

E.

sábado, 20 de mayo de 2017

Señora de aguas dulces


Señora…
¡Cómo me duele a dulce!

Usted se me acrecienta
en el cariño de estas paredes,
tanto abrazan y acurrucan…

Cada amanecer se proponía completar
mi panza para el día;
parecía querer llenarla del amor más digestivo:
regalarme a Dios cada mañana.

Señora…
Y Dios iba en estandarte frente a usted.
Cuando, pienso… , tendría que ir
menos rígido,
más lleno de nosotros,
que tanto nos equivocamos.

E.

viernes, 19 de mayo de 2017

En otro idioma


Mi madre se levantaba por las mañanas con el inhalador en la mano derecha. Entraba en la cocina a oscuras y preparaba un café aguado. Yo estaba ya en la mesa del patio escribiendo.
-¿Qué haces aquí tan temprano?, vas a coger frío.
Yo la miraba en silencio y sonreía.

Para llegar a la parada había que atravesar un campo de pelota. El sol lo teñía de rojo a esa hora y siempre había un minuto en el que los gorriones se callaban antes de redoblar su algarabía. Era como si el mundo se detuviera un instante.

El camello, siempre repleto de gente, parecía una lata de sardinas con cristales, saltando por las calles rotas de la Habana. Había que entrar a trompicones o quedarse en un sitio propicio para que la corriente te enganchara marea adentro. Entonces, lo importante era encontrar rápido un rincón donde no te estrujaran demasiado y empezar a sudar ligero, a regular la respiración para que el calor no traspasara la camisa.

Allí adentro, se hablaba otro lenguaje de miradas libidinosas, gritos y gruñidos. La gente se sobaba entre sí a cada frenazo:

–¡Échate pa’llá asere!
–¡Señora, sin complejos, eh!
–¡Guagüeroo, que llevas gente aquí atrá!
–¡Le zumba el mango, compadre!

Bajarse luego era todo un arte. Había que empezar un movimiento de serpiente tres o cuatro paradas antes, hasta tener la puerta tan cerca que se te incrustara en las costillas al abrirse.

Yo salía disparado del monstruo rodante y me encontraba de repente frente al malecón. Era una vista hermosa por la que valía la pena vivir.

E.

jueves, 18 de mayo de 2017

El río de mi infancia



Con una caja de cartón
cruzaba el río imaginario,
el puente lo cruzaba todo él
y salía por el otro extremo
hacia el salón
de la televisión en blanco y negro

También había un puente
al otro lado de las calles altas,
un puente de hierro rojo
rodeado de framboyanes
que atravesaba un río de verdad

Yo me perdí en ese río una vez
y creo que no me volvieron a encontrar
nunca.

jueves, 4 de mayo de 2017

Cada vez...


Cada vez que te canto
Tú me desdices
con cierta timidez de enamorado

Las palabras van cayendo
en este gran vacío tuyo
y Tú me dices socarrón

¡Mira que hermoso silencio dejan
las palabras
al caer!

E.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Y el Metro atravesaba...


Y el Metro atravesaba los túneles
a toda velocidad

Y la oscuridad de afuera se reflejaba en los cristales
y en la oscuridad de los rostros

Y un niño pequeñín
jugaba a limpiar los asientos
con un trapito

Y lo hacía con tanto amor
que el amor llenó el vacío de los rostros

Y vi el amor en todas aquellas expresiones
de cansancio y aburrimiento

Y vi que lo que yo llevaba dentro era
únicamente amor
como un espacio vacío
donde cabía todo

Y la poesía corría por los túneles
a toda velocidad

E.

martes, 2 de mayo de 2017

A veces me quedo...


A veces me quedo mirando
la pantalla del ordenador

Todo alrededor de mí
ahora mismo es un caos y
seguramente
mi propia vida también es un caos

Y yo me quedo mirando unos almendros en flor
que hay en una fotografía
que hay en la pantalla del ordenador

Me quedo unos minutos así
(tampoco aguanto mucho esa imagen)
y me parece que la primavera está aquí
perfumando mi vida

Pero eso es tanta ilusión
como la de que todo es un caos

Ya ves
así es nuestra vida

E.

viernes, 28 de abril de 2017

Los gatos miran...


Los gatos miran al vacío
fijamente
sin mover un sólo músculo

Parece que son parte de ese mismo
vacío que miran

Nos dicen a todos en el salón
mirad
hay algo inmóvil aquí
algo inmenso

que no podéis comprender
con la inquietud de vuestros pensamientos

De pronto pasa un gorrión por la terraza
y se lanzan tras él al unísono

Y parece que
se están moviendo
sin apartarse un milímetro del vacío

E.

jueves, 27 de abril de 2017

Es de noche...


Es de noche

Las sombras de las hojas tras la ventana
esperan al viento

Yo también espero un movimiento
que no vendrá
sentado en el sofá como una sombra

Pero no tengo prisa
la brisa del mar está muy lejos de aquí
y he aprendido a esperar
sin esperanza

Creo que aunque no venga nada
no me importa

¡a mi lo que me gusta es esperar!

E.

miércoles, 26 de abril de 2017

Elías juega...


Elías juega a armar un rompecabezas

No puede estarse quieto
Coloca las piezas
cantando y bailando todo el tiempo

Su cuerpo es una bolita de energía libre
que funciona sin más
y hace lo que le venga en gana

Yo lo miro molesto
Trato de escribir un poema
y me he dicho a mí mismo
que para hacerlo tengo que estar en silencio

El vacío lo mira al mismo tiempo que yo
y escribe el poema
sin ningún impedimento

E.

martes, 25 de abril de 2017

Subí a la montaña...


Subí a la montaña
con cuatro amigos y un perro

Después de ver una gran tromba de agua
cayendo por una pared de roca lisa
nos encontramos con la nieve

El perro blanco se revolcaba en la nieve blanca
Mi hijo no paraba de saltar
hundiendo las botas en la nieve

Yo tenía las zapatillas empapadas
y casi no sentía los dedos del frío
pero la nieve era tan hermosa
que no me importaba

Uno casi nunca está preparado
para encontrase con la belleza
pero cuando la encuentra
o, mejor dicho, cuando ella lo encuentra a uno
el hecho de que uno esté preparado o no
carece de importancia

La subida y la bajada fueron duras
pero disfrutamos de un día soleado
buena compañía
y un hermoso paisaje

E.

lunes, 24 de abril de 2017

Lentamente...


Lentamente
jugamos a las permutaciones

Si me pongo en tus senos
soy dos senos

Si me pongo en tu boca
soy dos lenguas humeantes

Si me pongo en tus ojos
soy mirada y me miro
y te miro

Pero allí no estás tú
ni estoy yo mirando

Quiero decir
si me pongo en tus ojos
pierdo el juego
mi juego

Porque entonces no hay dos
sino una sola mirada

que no es tuya ni mía
y que lo mira
todo

E.

(Pintura: Blue Lovers, de Marc Chagall)