miércoles, 31 de mayo de 2017

El predicador


Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel en Jerusalén.
Eclesiastés 1:12

Hubo un tiempo en el que estuve de predicador. 

Mi madre era hija de un pastor bautista y aunque mi padre era comunista, yo era un adolescente muy emocional y me encariñé con las parábolas de Jesús y las cartas de los apóstoles. 

Eran tiempos difíciles en los que la gente buscaba esperanzas. Siempre hay tiempos difíciles y es fácil darle a la gente esperanzas en cosas que no se ven. Esas cosas se convierten entonces en sentimientos potentes que pueden impulsar la vida de uno. 

Predicar era para mí como hacer poesía, una poesía con un mensaje trascendente, enlazando las palabras de Jesús con la realidad cotidiana, de manera que saliera a la luz el significado oculto de las cosas. Esto me inspiraba, y a veces era capaz de transmitir esa inspiración a los demás. Entonces todos cantábamos y dábamos gracias al Hijo del Hombre por hacer de esta vida sin sentido una flor recién abierta. 

Íbamos por los hospitales hablando de estas cosas a los enfermos. Muchos nos miraban incrédulos, pero otros se dejaban inundar por la emoción del mensaje y aceptaban a Jesús como su salvador personal. Tal vez estaban próximos a la muerte y aquellas palabras de otro desesperado les ayudaban a morir en paz consigo mismos. 

Dejé de predicar cuando una chica pelirroja me enseñó que había otro mundo más allá de las palabras. El mensaje de aquella chica era incompatible con el puritanismo evangélico, así que cambié de rumbo. Pero siempre recordaré mi etapa de predicador con un cariño especial.

E.

martes, 30 de mayo de 2017

Pausa en la nostalgia


Mi angustia
es el eco
de la risa de Dios

Pedro Casariego Córdoba

Venías luego,
cuando el sol se deshacía en el horizonte,
y echábamos juntos unas risas,
entre inspiración y expiración de la tarde.

Los gorriones saltaban en el césped amarillo,
piaban y se insultaban unos a otros
por un trozo de pan duro.

Pero cuando los pulmones de la tarde
se detenían,
esa cosa extraña los mandaba callar
y llenaba ella sola todo el parque.

Ni siquiera se escuchaban los carros.

Todo el mundo dejaba el parloteo,
como si hubiera pasado un ángel.

Yo no sabía qué era aquello.

Yo era un adolescente como cualquier otro
y adolecía de casi todo.

No tenía ni siquiera esta nostalgia de ti,
que desde entonces me acompaña.

E.

lunes, 29 de mayo de 2017

Ronquidos


Mi madre roncaba todas las noches.

La casa donde nací era una casa muy larga con las habitaciones al fondo. Los ronquidos de mi madre se escuchaban desde el recibidor, y, a medida que te sumergías en la casa, te ibas adentrando en el profundo ronquido de mi madre que lo llenaba todo.

Mi padre también roncaba, pero al lado de mi madre sus ronquidos eran como el maullar de un gato junto a un tigre.

Mi madre tenía una forma curiosa de roncar. Ponía la cabeza sobre la almohada y a los cinco minutos ya estaba roncando. Empezaba despacio y bajito, pero poco a poco iba aumentando la frecuencia y el volumen hasta convertirse en algo atronador que retumbaba en las paredes y los techos, y deambulaba por la casa como un animal nocturno. Mi madre se despertaba asustada en el punto culminante y volvía a empezar de nuevo.

Una vez grabamos su ronquido y se lo pusimos cuando estaba despierta. No se lo podía creer y estuvo todo el día enojada.

Cuando se separó de mi padre, yo me vine a dormir con ella para calmarla. Sus ataques de asma también eran un círculo progresivo. Se asustaba y le subía la presión arterial, esto le provocaba un ataque de asma, con lo que se asustaba más y le volvía a subir la presión, hasta que algún resorte en su cerebro desconectaba el circuito.

Yo aprendí a dormirme primero. Yo también roncaba, pero mis ronquidos no eran un problema para ella.

E.

domingo, 28 de mayo de 2017

Sueño


Cuando era pequeño
soñaba que podía volar.

Me dejaba caer escaleras abajo
y enseguida me elevaba del suelo.
Luego era cuestión de equilibrio
para recorrer la inmensa habitación volando
con los brazos abiertos.

Este sueño se repitió a lo largo de mi vida
en momentos de intensa felicidad,
de manera que fui creciendo con él
y él fue creciendo conmigo.

A veces,
cuando escribo un poema,
las cosas de fuera se llenan de luz
y esta luz enciende imágenes
dentro de mi mente.
Entonces advierto la felicidad
que estas palabras pueden encender en otros
y siento cómo mis pies
comienzan a elevarse del suelo.

E.

sábado, 27 de mayo de 2017

Agua


El Píter era un chico mediano con la nariz grande y pecho de paloma que estaba en la misma clase que yo en el internado.

Se sentaba en primera fila y tenía la costumbre de meterse la punta del lápiz en la boca. Luego escribía. Luego se metía la punta del lápiz en la oreja. Se rascaba. Volvía a escribir. Se sacaba los mocos con la punta del mismo lápiz y se lo volvía a meter en la boca. Lo consideraba un instrumento muy eficaz. Que yo sepa, nadie en el aula se lo pidió prestado nunca.

Era un monstruo de las matemáticas. Andaba casi siempre con un libro bajo el brazo, dándole vueltas a algún problema irresoluble para nosotros. Cuando entraba de lleno en ello, se olvidaba del mundo y hasta pasaba de bañarse.

En esas épocas llegaba a oler a chinchinguaco y el jefe de albergue le decía: ¡Píter, a jugar agua o te vas a dormir a la terraza!

Entonces el Píter se daba un baño ejemplar. Me pedía el jabón y se iba a la ducha silbando. Se pasaba allí más de una hora, cosa que superaba con creces su estándar de tres minutos.

Volvía resplandeciente frotándose la espalda con la toalla y se ponía a deshollinarse las orejas y la nariz para terminar luego dándose violín entre los dedos de los pies con un calcetín sucio.

Por lo demás, era un buen chico. Y era mi amigo.

E.

viernes, 26 de mayo de 2017

El primer poema de mi vida


Tenía quince años
y cuando aparecía con su uniforme azul
yo quería creer en los ángeles.

Nos dábamos un beso
y yo le llevaba la maleta hasta el albergue.
Allí nos dábamos más besos,
largos como la noche estrellada,
y ella sonreía con esa luz
que hacía creer en los ángeles.

Yo era entonces
el adolescente más feliz de la tierra
y la tierra era redonda y en el cielo
parecía que cantaban los ángeles.

Un día ella me dejó.

Entonces pataleé,
lloré
y me pasé sin comer una semana.

Y a la semana siguiente
cogí un lápiz y una hoja en blanco
y escribí mi primer poema,
que no hablaba de ángeles.

E.

jueves, 25 de mayo de 2017

La pata de gallina


Mi padre nos llevaba a Varadero de vacaciones una vez al año. Era la época en la que Varadero no estaba abarrotado de hoteles y extranjeros, la época en la que mis hermanas no estaban casadas aún, en la que aún mis padres no se habían divorciado y en la que yo era un muchacho inocente y feliz.

El viaje era de unas cinco horas en un autobús interprovincial con aire acondicionado y casi siempre lo hacíamos de noche. Para mí era emocionante todo el jaleo de bártulos en la madrugada, la espera, subir las escalerillas y sentarme, ver pasar las luces de las farolas por las ventanillas de cristal, sentir el frío del aire acondicionado que era como si la noche se metiera allí adentro e irme durmiendo bajo la toalla para despertar en otro sitio al amanecer, cuando el autobús bordeaba las aguas cristalinas de la costa.

Mi padre alquilaba una habitación con una cama y literas en el primer piso de una casona antigua. En la parte de abajo vivía la dueña de la casa, una vieja llena de collares de santería que siempre andaba mascando un tabaco tan viejo como ella. A mi madre no le gustaba nada aquella vieja y mi padre se reía desde la ventana cuando la vieja salía al patio con un vaso de agua, salpicaba con unas gotas el suelo de cemento y lo dejaba debajo de la mata de mangos.

No recuerdo por qué se disgustó mi padre con la vieja un día, pero recuerdo lo que hizo para vengarse. Consiguió en algún sitio una pata de gallina y le amarró un trapo rojo. Lo metió todo dentro de una bolsita de plástico transparente y tiró el bulto al patio de la vieja por la madrugada.

La vieja salió por la mañana y se quedó tiesa como una vara de pescar. Cuando reaccionó, cogió la escoba y el recogedor y tiró todo aquello lejos de allí; y luego se puso a echar cubos de agua en el patio como una loca y a santiguarse mientras nosotros nos desternillábamos de risa en el piso de arriba y mi madre regañaba a mi padre por ser tan jodedor.

La vieja estuvo tirando cubos de agua en el patio por las mañanas los quince días que pasamos allí y quién sabe cuantos más. Nosotros esperábamos cada amanecer en la ventana para disfrutar del espectáculo, pero cuando pasábamos junto a la vieja, la saludábamos muy serios y escondíamos la risa adentro. Nunca sospechó que fue mi padre quien le dejó aquel regalito.

E.

miércoles, 24 de mayo de 2017

El constructor


Había que cribar la arena
de la pedriza.
Yo sujetaba el cernidor por un extremo
y mi padre bandeaba el aire con la pala
hasta llenar la esterilla.
Entonces tiraba del otro extremo
y la magia venía a nuestro trasiego.
Yo me quedaba sin referencias
porque allí
lo que fuera que hubiese
era un único movimiento:
un hombre y un niño en un sólo movimiento,
un hombre y su hijo en un sólo movimiento,
un hombre y la prolongación de sí mismo en
un sólo movimiento horizontal,
que cortaba el aire y la respiración de la tarde;
y hacía aparecer, como de la nada,
una arena finísima
que se mezclaba con la última luz,
y era del color de la luz,
y no dejaba sombras,
ni siquiera en los recuerdos.

E.

martes, 23 de mayo de 2017

El caviar y la cebolla


Un día una amiga del Dipo que tenía el marido en Miami le enseñó lo que era el caviar. Lo hicieron con un poco de cebolla muy picada y luego se pusieron a cocinar tamales, arroz con gris, tachinos y algo de ropa vieja. Se fueron a la cama con la barriga llena y el corazón contento, y estuvieron templando toda la noche.

Al otro día, el Dipo se bajó del camello con tremendas ganas de cagar. Cogió por el Paseo del Prado y cruzó el parque de la Fraternidad para ir a parar a la cafetería de la esquina. Allí no había baño, pero una rubia impresionante espantaba a las moscas del mostrador con un trapo viejo. El Dipo apretó el culo y sonrió a la rubia: -¿me das un vasito de agua? La rubia no contestó, dio media vuelta y sacudió su impresionante trasero frente a los ojos alucinados del Dipo. Él no pudo contenerse y le soltó: ¡mami, si cocinas como caminas, me como hasta la raspita!. La rubia lo miró sonriente y le dio el vaso de agua. El Dipo se lo tomó y salió pitando.

Pasó frente al hotel Inglaterra. Sabía que no aguantaría mucho más. Miró al portero a los ojos y le dijo: -Mira compadre, me estoy cagando y no puedo más, ¿me dejas pasar al baño? El portero, un negro de uno noventa, lo miró con la cara ladeada y le dijo: pasa asere, al fondo a la izquierda.

El Dipo cagó como nunca había cagado en su vida. Entró a un baño con suelos de mármol y olor a rosas. Se sentó en una taza limpia y descubrió impresionado que había papel sanitario a su derecha. Era un papel suave, azul, con el que daría gusto limpiarse. Cuando lo hizo, se sintió como un niño y empezó a preguntarse cómo haría para descargar aquel baño. Había un botón grande en la pared que decía PUSH. Como sabía algo de inglés, pulsó el botón y un par de submarinos iniciaron su viaje hacia un mundo que el Dipo imaginó más feliz que el suyo.

Luego quiso lavarse las manos, tenía que probarlo todo antes de marcharse, pero no encontraba llaves por ningún sitio del lavamanos. Sin darse cuenta dejó las manos un minuto bajo la pila y brotó un chorro de agua templada.

Salió de allí como de un sueño. Pasó junto al portero y le dijo: ¡Qué bien viven los que no son de este país, compadre! El negro se rió y le extendió la palma de la mano. El Dipo miró pa' arriba de reojo. No tuvo más remedio que sacarse unos pesos del bolsillo.

E.

lunes, 22 de mayo de 2017

Llamada telefónica


Mi padre sonríe al otro lado del teléfono.

Habla sobre la crisis
de la economía mundial
y me dice que Cuba aún resiste.

Comiéndose un cable,
pero resiste.

Como mi padre,
cada vez más viejo.
Viejo y sonriente.

E.

domingo, 21 de mayo de 2017

Día de trabajo


Por aquel entonces yo trabajaba por la Habana Vieja en una oficina de registros que ocupaba parte de un antiguo convento. 

Llegaba muy temprano y me perdía por las calles adoquinadas buscando no sé qué cosa. No encontraba nunca nada, pero antes de sentarme a trabajar, escribía algún poema sobre el mar o sobre callejones iluminados por el sol del amanecer. Eran muy malos. 

Lo primero que había que hacer allí era pasarse una hora ordenando fichas. Era nuestra cuota de trabajo voluntario y como no teníamos otra cosa, las desordenábamos cada día para ordenarlas al siguiente. 

Después del voluntariado, me sentaba a conversar con una rusa que trabajaba con nosotros. Tenía la piel muy blanca, un buen culo y estaba un poco loca. Decía que veía rostros transparentes por las noches, rostros con voces mudas que parecían quejarse en la oscuridad y la dejaban temblando. Yo hubiera querido poner las manos en su culo, pero dejé de hablar con ella porque tenía fijación con los fantasmas. 

A mediodía podías salir al mercadillo de la parte de atrás del convento y comprar fruta.   A veces había que ir allí a buscar a la gente para alguna reunión de trabajo. Iba uno de nosotros, que no tuviera reunión, y se quedaba marcando el turno para los otros. No era indisciplina laboral, era simplemente resolver, acomodar el tiempo para hacer otras cosas después del trabajo, porque podías llegar a casa y tener que salir a buscar agua o un pin-pan-pu para dormir por la noche en la terraza si se iba la luz. 

Eso era trabajar en Cuba entonces, entre apagones y recortes de agua diarios, con una libertad ilimitada para soñar.

E.

sábado, 20 de mayo de 2017

Señora de aguas dulces


Señora…
¡Cómo me duele a dulce!

Usted se me acrecienta
en el cariño de estas paredes,
tanto abrazan y acurrucan…

Cada amanecer se proponía completar
mi panza para el día;
parecía querer llenarla del amor más digestivo:
regalarme a Dios cada mañana.

Señora…
Y Dios iba en estandarte frente a usted.
Cuando, pienso… , tendría que ir
menos rígido,
más lleno de nosotros,
que tanto nos equivocamos.

E.

viernes, 19 de mayo de 2017

En otro idioma


Mi madre se levantaba por las mañanas con el inhalador en la mano derecha. Entraba en la cocina a oscuras y preparaba un café aguado. Yo estaba ya en la mesa del patio escribiendo.
-¿Qué haces aquí tan temprano?, vas a coger frío.
Yo la miraba en silencio y sonreía.

Para llegar a la parada había que atravesar un campo de pelota. El sol lo teñía de rojo a esa hora y siempre había un minuto en el que los gorriones se callaban antes de redoblar su algarabía. Era como si el mundo se detuviera un instante.

El camello, siempre repleto de gente, parecía una lata de sardinas con cristales, saltando por las calles rotas de la Habana. Había que entrar a trompicones o quedarse en un sitio propicio para que la corriente te enganchara marea adentro. Entonces, lo importante era encontrar rápido un rincón donde no te estrujaran demasiado y empezar a sudar ligero, a regular la respiración para que el calor no traspasara la camisa.

Allí adentro, se hablaba otro lenguaje de miradas libidinosas, gritos y gruñidos. La gente se sobaba entre sí a cada frenazo:

–¡Échate pa’llá asere!
–¡Señora, sin complejos, eh!
–¡Guagüeroo, que llevas gente aquí atrá!
–¡Le zumba el mango, compadre!

Bajarse luego era todo un arte. Había que empezar un movimiento de serpiente tres o cuatro paradas antes, hasta tener la puerta tan cerca que se te incrustara en las costillas al abrirse.

Yo salía disparado del monstruo rodante y me encontraba de repente frente al malecón. Era una vista hermosa por la que valía la pena vivir.

E.

jueves, 18 de mayo de 2017

El río de mi infancia



Con una caja de cartón
cruzaba el río imaginario,
el puente lo cruzaba todo él
y salía por el otro extremo
hacia el salón
de la televisión en blanco y negro

También había un puente
al otro lado de las calles altas,
un puente de hierro rojo
rodeado de framboyanes
que atravesaba un río de verdad

Yo me perdí en ese río una vez
y creo que no me volvieron a encontrar
nunca.