lunes, 26 de junio de 2017

Las palabras son silencios


Una palabra recorre mi boca,
la cubre de saliva y despierta
el recuerdo de otra boca
que a un día de vuelo de paloma
descubre en su propia saliva
esta palabra que mi boca
no puede pronunciar.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)

domingo, 25 de junio de 2017

La Loma del Burro


Tomando el camino del parquecito, hay un solar que tiene en el fondo hierba alta. Un lugar muy común, que no aportaría nada a la experiencia del viajero si no fuera por los recuerdos que abriga desde que vio el parque infantil, y que lo lanzan contra el ardor de una montaña imaginada. Cruzando la hierba calurosa en pos del riachuelo, se llega a una sombra maloliente y dulce, con un caminito de piedras que parece un puente de papel. Se llega, contra toda esperanza, muy fácilmente al otro lado y, un poco más allá, el vientre de la loma abre sus bocas artificiales hacia el viajero del mar. Te topas con un brujo negro que no parece verte ni ser visto. Caminas hasta el borde de la visión buscando una subida. La encuentras. Te topas con otro negro que, no sabes bien por qué, se parece tanto al que viste hace poco, pero no, no puede ser el mismo. Subes sin detenerte. Llegas a la soledad prometida, sin marcos ni puertas que desear, sin árboles ni pajaritos, sino solamente tú y la ciudad, abierta frente al cielo como un ojo de agua.

E.

sábado, 24 de junio de 2017

Cacería de versos


Encontraba los versos camino de casa, cuando venía de la Universidad y no pasaba la última guagua. Entonces, tenía que irme a paso ligero por la Avenida de Acosta hasta el Conte y cruzar, por las calles bajas de Lawton, hasta las escalinatas que subían a mi barrio.

Los ojos atravesaban la calle como dos lombrices, dibujando cosas milagrosas donde sólo había salideros de agua, montañas de basura, calles rotas, viejos en la cola de la bodega, viento, framboyanes, gorriones con hambre, niños sucios o lindas mulatas caminando, calle abajo, bajo el sol tropical.

Yo llevaba siempre una libreta a cuadros y me sentaba en cualquier portal vacío a describir los pájaros que se me posaban en la cabeza. Luego, lo arreglaba en casa, y se lo leía, por las noches, a una viejita amiga mía que me escuchaba con paciencia.

La mitad de esos versos no valían para nada, pero eran el descubrimiento de que existía otro mundo más allá del humo de los coches destartalados que saltaban entre los baches, más allá de la basura en las esquinas y las moscas que la rodeaban, más allá del calor y los empujones en las guaguas, más allá de mis propios estudios y de los conflictos familiares sin fin. Un mundo que yo podía crear, desde la nada, con mis palabras, cuantas veces quisiera.

Los mejores versos eran la confirmación de que ese mundo era real, tan real como un sentimiento. Esos los encontraba casi siempre en la Loma del Burro, un sitio al que subía cada domingo y en dónde me llenaba de viento mientras contemplaba, a lo lejos, la Bahía de la Habana.

E.

viernes, 23 de junio de 2017

El vuelo del pájaro


Sólo aquel que tiene algo
puede perderlo.
Sólo aquel que espera algo de la vida
tiene la posibilidad de que la vida lo defraude.
Sólo aquel que quiere ser alguien
se pierde la oportunidad de Ser.

El pájaro vuela
porque en el vuelo se realiza a sí mismo,
pero para poder volar,
no puede estar agarrado a la rama.

¡Qué feliz el pájaro flotando sobre el vacío
cuando ni él mismo advierte
que está como disuelto
en el viento
de la montaña!

E.

El idiota


El idiota es la risa del tiempo. Sube y baja por la acera rota murmurando letanías incomprensibles, que son largos poemas sobre el origen del dolor, escritos en una lengua que los hombres han olvidado.

Le piden que cante y su ronca voz se eleva hasta tocar el cielo. Le piden que baile y ríe con una danza lenta que ensarta miles de corazones en un único hilo de sangre.

Así cada día, después del saludo del sol, buscan sus ojos limpios a aquel que pasará a pedirle una canción o un baile.

Y es eso lo que raya en el tiempo de la calle cuando no está bailando solo en la esquina una melodía grave que le rasga despacio la garganta y que él acompaña, amoroso, con el chasquido inútil de sus dedos.

Entonces habla con Dios.

E.

jueves, 22 de junio de 2017

Mi mayor aventura


Toda la secundaria y el preuniversitario los pasé en un internado. Estudiábamos por la mañana y por la tarde teníamos trabajo en el campo o deporte.

Yo era muy malo para el deporte. Una vez estuve en un equipo de baloncesto y en mi primer partido importante, me puse tan nervioso, que eché la pelota en mi propia canasta. Me sacaron del equipo al día siguiente. Luego me apunté a hacer pesas porque me dijeron que tenía buena espalda. No aguanté una semana. Estuve también en judo y, el primer día, el entrenador me lanzó por los aires para ver si sabía romper caída. Me sacó todo el aire y casi me ahogo. No volví más por allí.

En realidad, nos apuntábamos a deporte para no ir al campo. El campo era un auténtico coñazo. Había que cargar con la guataca, a veces durante una hora de camino, hasta llegar a los campos de la cooperativa que tocara ese día: un sembrado inmenso de patatas, o zanahorias, o remolachas, o naranjas, o lo que fuera; y hacer que trabajabas o trabajar de verdad cuando venía el profe. Era más divertido sembrar o recoger fruta, depende de lo que fuera, pero en general, era un coñazo, sobre todo desyerbar.

La otra opción era fugarse. Yo tenía una pandilla y habíamos descubierto un rincón en un camino aislado por donde no pasaba casi nadie. Al borde del camino, se abría una selva de enredaderas y, allí, teníamos nuestra cueva secreta: un hueco grande entre las madreselvas.

Teníamos un cordel con anzuelo, una lata y un tenedor viejo. A veces nos íbamos a la laguna, cuando no había moros en la costa, y pescábamos jicoteas. Una vez intentamos cocinar una. La machacamos con una piedra, pero no hubo manera de abrir el caparazón de aquel bicho. Luego, la cueva se llenó de humo y fue imposible hacer nada más.

En el verano, nos metíamos en cueros en el arroyo que pasaba por detrás del matorral cuando no había nadie por allí, y nos dejábamos arrastrar entre las piedras. Luego, nos secábamos al sol y nos hacíamos pajas a ver quien se corría antes.

Los guajiros de la zona sabían que éramos unos fugados, pero hacían la vista gorda. Nosotros andábamos por el campo toda la tarde, cogiendo mangos o mamoncillos o fruta bombas o mameyes amarillos o lo que pilláramos por ahí.

Cuando caía la tarde, cogíamos nuestras guatacas y nos incorporábamos al grupo que regresaba. Eran grupos muy grandes y, a veces, los profesores no controlaban quién tenía que estar y quién no.

E.

miércoles, 21 de junio de 2017

Parque infantil


El vuelo de la tiñosa
y ese sabor de boca
que dejan los tamarindos chinos.

Las ramas en el viento
y un niño de nueve años
sorteando espinas para alcanzar el cielo.

Al otro lado el carrusel
gira y gira como mi vida ahora mismo.
Y veo niños jugando entre árboles.
Y veo risas creando mi mundo de ahora.

Sé que no volveré a ser
ese niño que conocía todos los escondites,
y sabía dar vueltas, sin parar, en el tiovivo,
o saltar al aire desde un columpio.

Pero ahora está abierta mi alma
como ese parque
que puedo ver otra vez,

y, estirando la mano,
puede que incluso alcance
una vaina encaracolada
de tamarindo.

E.

martes, 20 de junio de 2017

El muñeco de madera


Yo siempre andaba mataperreando por los techos. Mi padre me enseñó de pequeño a andar sobre las tejas y, aunque a veces rompía alguna, lo hacía bastante bien.

Me subía por el muro del patio cuando la abuela no estaba por allí y me daba una vuelta por el techo de la panadería, o el de la dulcería o el de la ferretería de al lado de casa, buscando nidos de gorriones bajo las tejas.

A veces, iba a buscar a mi amigo Félix Raúl cuando su mamá no estaba en casa y le gritaba, desde el tejado, que se viniera conmigo a dar una vuelta. Pero Félix era un poco pendejo.

Me encantaba andar por los techos de las casas. Había que escoger los momentos oportunos, cuando no había gente en la barbacoa de los vecinos y saber esconderse en el ala oculta de los techos. Era una tremenda hazaña llegar hasta la azotea y asomar la cabeza por encima de la baranda de la fachada para mirar pasar los coches de caballos y las bicicletas.

Pero lo mejor eran los domingos, cuando estaba cerrado el taller de prótesis de la otra cuadra. Saltando el muro de la reja se podía llegar por las escaleras al tejado, y allí, una manzana entera de techos para explorar.

Un día me encontré en un patio un muñeco de madera vestido de chino. Atrapó tanto mi atención que decidí bajar a cogerlo porque no había nadie en el patio. El patio daba a otro patio que tenía unos estanques llenos de agua. Me llené de valor y fui a ver qué era aquello. Unos peces rojos nadaban alrededor de una montaña en miniatura, de la que salía un hilillo de agua imitando una cascada. Me quedé embobado hasta que escuché que alguien abría la puerta de la casa. Subí tan rápido como pude con el muñeco a cuestas y me quedé mirando desde el tejado. Unos chinos viejos aparecieron por allí y se pusieron a trajinar entre los estanques. Sus movimientos eran exactos como los de un gato y mientras daban de comer a los peces sonreían como si entendieran los ademanes de las sombras bajo el agua.

No sé si extrañaron alguna vez el muñeco de madera, pero fue gracias a él que descubrí la casa de los chinos y, desde entonces, además de andar por los techos, me aficioné a criar peces.

E.

lunes, 19 de junio de 2017

Hilo a hilo


Después el alga rota.
Ahora el canto de la sirena,
enhebrando palabras muertas en un hilo vivo.
Y yo canto y canto
como la mar:
ola enfundada, llena de misericordia,
que borra todo al pasar.
Ven a mí, mar, enhebra por fin este hilo
hecho de gaviotas sobre la arena,
de palabras dulces, saladas, arremolinadas,
batientes al viento que va y viene
sobre la mar.
Hilo gigante,
lazo de pesqueros en el horizonte.
¡Cristal!
¡Cristal!

E.

domingo, 18 de junio de 2017

Al salir de clase


Yo jugaba con los mataperros de mi cuadra de pequeño. Estábamos todo el día en la calle después de clases, jugando a las bolas o a los trompos, y por la noche nos íbamos de ronda por el parque de la iglesia a darles nalgadas a las muchachas y echarnos a correr.

Había un negrito y dos jabaos que eran la candela. Eran mayores que yo y me tenían de recadero. Una vez haciendo el tonto al ir a recoger un tirapiedras que había ido a parar al medio de la calle, metí la oreja entre la cadena y la catalina de una bicicleta que pasaba por allí. Ellos se morían de risa y yo no comprendí hasta que vi a mi madre gritando. Entonces me miré el lado izquierdo por donde caía un chorro de sangre hasta la acera y me puse a llorar. Me pegaron la oreja como pudieron en el hospital del pueblo y anduve todo un mes castigado, sin salir a jugar a la calle. 

Cuando me quitaron la venda de la oreja el negrito se quiso hacer el gracioso conmigo en el aula. Me llamó muengo y se cagó en mi madre. Quedamos a la hora de la salida para fajarnos.

Yo nunca me había fajado con nadie. Me costaba sacar la rabia suficiente para golpear a otro niño en la cara, pero acudí a la cita a ver qué pasaba. 

El negrito se paró frente a mí y me mentó la madre. Yo pensé en algo que me incitara a golpearle. Me acordé del chorro de sangre cayendo por mi hombro, de mi madre gritando y de aquel imbécil que se reía al otro lado de la calle. Le solté un piñazo en plena jeta que lo dejó atontado. Cuando se repuso, comenzó a llorar y arremetió contra mí. Nos revolcamos en un amasijo de manotazos, patadas y malaspalabras hasta que el maestro de quinto nos separó. 

Fue una experiencia que tuve que repetir alguna vez más para hacerme respetar en la escuela. Encontrar la furia era la parte más difícil.

E.

sábado, 17 de junio de 2017

El deber cumplido


Tengo tanto llanto
acumulado en mi garganta.

Carmen Mariátegui

No lloré
cuando aquella bici me destrozó la oreja,
ni cuando me metí aquel clavo oxidado
en la planta del pie.

No lloré cuando todas esas chicas
fosforescentes
me partieron por dentro.

No lloré cuando murió mi madre
camino de urgencias,
ni cuando me dijeron que mi hermana
se había desangrado sola y lejos de casa
en su último parto.

No lloré cuando me dejaron solo
en aquella ciudad vidriosa
y me quedé con la espalda rota
sin nadie a quien acudir
a este lado del mundo.

De pequeño me enseñaron
que yo era un hombre
y que los hombres no lloran.

E.

viernes, 16 de junio de 2017

Lágrimas negras


Ese día habíamos estado comiendo mucho y a mamá le dio su último ataque de asma.

Se puso muy nerviosa y el inhalador no le hacía nada. Empezó a decir las bobadas de siempre: que se moría, que cuidara de mis hermanas y cosas así. Yo siempre intentaba tranquilizarla pasándole la mano por la espalda y hablándole bajito, pero ese día me puse furioso y le grité que sí, que si seguía así sí que se iba a morir.

Se puso peor y me dijo que corriera a casa del vecino a ver si podía llevarnos al médico en su carro. Mena sacó su Chevrolet del 53 a toda leche y nos fuimos al hospital. Yo me puse detrás con mi madre entre los brazos tratando de calmarla, pero no se calmaba. Empezó a ponerse azul y a mitad de camino dejó de respirar.

Cuando llegamos al hospital costó sacarla del coche. Luego se pusieron a hacerle todo tipo de cosas: la desnudaron, le clavaron una aguja en el cuello y empezaron a darle golpes en el pecho. Yo miraba todo ese absurdo con desgana porque sabía que mi madre ya no estaba en aquel pesado cuerpo, se había ido ligera de equipaje al lugar que tanto mencionaba en sus cantos.

Me fui afuera y me senté en la escalinata con una sensación extraña en el pecho, pero no lloré. Miré al cielo y le desee buen viaje a donde quiera que hubiese ido.

Luego vino el velorio, el entierro y toda la parafernalia que se monta entorno a la muerte de un ser humano, con gente llorando, rollos familiares y demás. Yo no tenía ganas de llorar, así que no lo hice.

A los tres días de aquello, estaba en la barbacoa y me di cuenta de que todos los conflictos entre mi madre y yo se habían acabado. También me di cuenta de todo el cariño que me había dado y de lo mucho que la extrañaría. Entonces lloré en silencio sin parar durante tres horas seguidas.

Luego me duché y me fui a dar una vuelta por las calles que mi madre y yo recorríamos juntos, a veces, al atardecer.

E.

jueves, 15 de junio de 2017

Manolo en el ballet


Habrás amado tres veces consecutivas
las tres imágenes que te regalará ese viejo
estanque.
Habrás sido otra vez el cisne blanco
erguida tu pureza ante una gran quietud de agua.
Habrás acariciado tu alma en círculo infinito,
en hondo vuelo de hojas,
en emanaciones de signos escritos sobre el viento,
con aroma en ascenso de piel fresca
y ondulante.
Te habrá parecido
que un naufragio de amor llegó para salvarte
cuando tu figura se perdía entre la paredes
de un beso.
Habrás dejado de ser cuerpo o espíritu viviente,
desnuda ave o mujer emplumada,
párpado o perfil.
Habrás muerto otra vez sobre el ciego tablado
soñando el nacimiento de un nuevo par de alas
mientras olvidas tu forma en el espejo.

E.

miércoles, 14 de junio de 2017

Prórroga



Éramos pobres en un país de pobres.

Pedro Juan Gutiérrez

La negrita aquella no tenía donde caerse muerta. Sus padres le daban un vaso de agua con azúcar por la mañana y con eso salía a la calle a buscarse la vida. No iba a la escuela porque era muy bruta. Había repetido sexto cuatro veces y al final sus padres la dieron por perdida y la dejaron a su aire.

Se paseaba por el callejón con la mirada de un perro hambriento y su padre le echaba la bronca desde la azotea cuando venía de la microbrigada.

Yo le daba siempre un pedazo de pan con timba cuando mi padre, cargado de cosas del campo, nos hacía la visita. Ella se ponía contenta como un colibrí. Pero a mi madre no le gustaba que se metiera en casa ni que andara conmigo porque le recordaba que mi padre la había dejado por una negra.

La negrita se pegó a mí como una lapa, creo que por lo del dulce de guayaba, y me seguía a todos lados. Yo no tenía novia en aquella época y la verdad que la negrita estaba buena aunque olía fuerte a negro de no bañarse.

Cuando mi madre no estaba en casa se metía por el patio de atrás y se ponía a restregarse conmigo en la cocina. Un fin de semana nos escapamos a Santa María y estuvimos templando en el mar, lejos de la gente.

A la semana siguiente me empezó una picazón insoportable en los huevos y resultó que estaba lleno de ladillas. Me tuve que afeitar los pendejos y echarme lindano sin que se enterara mi madre porque me mataba.

A la negrita le dije que hiciéramos una prórroga y le aconsejé ir al médico a mirarse los genitales, aunque no sé si me entendió bien. No volví a darle dulce de guayaba y me perdí del barrio una temporada hasta que nos mudamos de allí.

E.

martes, 13 de junio de 2017

Pájaro encendido


Cómo iba a pensar yo
que ese sería el último suspiro
de la abuela,
si afuera había tanto sol
y el framboyán estaba encendido de rojo
y el pájaro aquel cantaba
con la vocecita de la abuela:
¡búscame plátanos maduros!
¡búscame un plátano!

Yo acababa de llegar de la universidad
cuando me dieron la noticia.
Ya no era un niño
y entendía algunas cosas.
Por eso supe enseguida que la abuela
se había convertido en pájaro.

E.

lunes, 12 de junio de 2017

El rincón de la abuela


Mi abuela tenía una casa independiente dentro de la casa donde nací.

Era una viejita laboriosa que siempre tenía todo limpio y disfrutaba arreglando su jardín. Yo la ayudaba a muchas cosas y, cuando la enredadera del patio crecía demasiado, me lo pasaba de lo lindo cortando hojas a diestro y siniestro.

La casita de mi abuela estaba al fondo del pasillo. Tenía una habitación y un salón-comedor-cocina que daban a su patio, colindante con el nuestro. Los patios estaban separados por un muro y desde ese muro se subía al tejado de la casa. Yo tenía que velar a mi abuela para subirme, porque si me veía se lo decía a mi madre o a mi padre y me tocaba una buena con la chancleta.

Mi abuela tenía un árbol de navidad que ponía todos los años dos meses antes y lo quitaba dos meses después. Yo era el encargado de ponerle las luces. Me encantaba eso de enganchar cables y bombillas, y había descubierto que con un encendedor de fluorescente se podía hacer el efecto de la intermitencia.

Cuando llegaba la navidad yo me escondía allí y mi abuela me enseñaba salmos. A mi padre no le gustaba mucho. Tal vez por eso era divertido.

El mejor recuerdo que guardo de mi abuela era cuando se quedaba dormida en su balancín, escuchando las lecturas bíblicas de la radio. La voz del lector venía de muy lejos, del otro lado del mar y la envolvía en una brisa ligera. El rostro de mi abuela se balanceaba en aquella brisa con una sonrisa llena de paz.

E.

domingo, 11 de junio de 2017

Manolo en la azotea


La ciudad se esconde dentro de la noche.
Late más allá de la fugacidad de los lumínicos,
reposa en blanco y negro al abrigo de un parque.

Sobre ella, infinitas ciudades brillantes o apagadas
impregnan el aire de distancias.

En la esquina unos perritos se hacen el amor
con largueza
y un borracho gesticula sus desdichas al sentir
la ternura de la noche que lo abraza cálidamente.

La gente camina desnuda por la ciudad
que se prolonga en círculo
hasta los muros de la noche.
Es el reproche de muertos que bailan por las calles
ligeros de piel,
hermosos y resplandecientes
como una buena canción.

La ciudad pierde sus límites...

Una mujer de niebla la contempla,
lista su partida al mundo de los sueños,
adonde irán
la noche y la ciudad pupilando bajo sus párpados.

E.

sábado, 10 de junio de 2017

El gallinero


Yo estaba sentado con las piernas cruzadas en la azotea y miraba las gallinas. Estaban apiñadas en una jaula de madera con alambres y cacareaban sin parar. Todas eran blancas, gordas y feas, y engullían el pienso que se robaba mi padre de la granja en pocos minutos.

Me aburría mirarlas, pero no había mucho que hacer por las tardes en los tejados de mi casa. Por las mañanas era más divertido, porque podía espiar, por la claraboya de la panadería, el inmenso horno donde metían el pan con aquellas varas larguísimas. Pero eso tenía que ser los fines de semana, cuando no tenía cole.

Aquel día descubrí a la vecina de al lado que acababa de salir del baño. Yo estaba detrás del gallinero y mi vecina no podía verme. Terminó de secarse y dejó caer la toalla para mirarse en el espejo, y poco a poco empezó a acariciarse los senos y a meterse mano ella misma. A mí se me puso dura porque la chica, aunque era tan fea como las gallinas de mi padre, estaba muy buena, y se veía que disfrutaba con su cuerpo.

Cuando bajé de la azotea mi padre me preguntó si me habían gustado las gallinas. Le dije que sí para variar y que si quería yo me encargaba de echarles el pienso de vez en cuando.

E.

viernes, 9 de junio de 2017

Monte adentro


Fragancia de caracol.
Iguana que mira fijamente al mamoncillo
y corre tronco arriba
como un dragón verde-azul.
Fragancia de hoja perlada en la maraña
de la manigua.
Cae el machete como un rayo,
cae una lluvia finísima
en el ojo de agua con verdín
donde se esconde el zapo-toro a cantar.
Fragancia de pasos en el monte,
monte adentro tras las huellas
del majá que se huye,
que se convierte en rama trepadora
o en fruta roja de pitihaya.
Fragancia de árbol salvaje,
de marañón, de anón, de mamey colorao,
de caballo silvestre en la manigua,
de soledad de monte adentro,
de mil cantos de pájaros,
de libertad.

E.

jueves, 8 de junio de 2017

Tres casas


La casa de Lala era la de los caballos. Eran unos pencos viejos y flacos pero para mí eran los mejores caballos del mundo. Yo me cogía uno y me iba, montado a pelo, por la guardarraya, hasta el final del cañaveral. Luego volvía trotando por el otro lado. Los pencos de Lala eran un poco asustadizos y una vez uno me tiró en medio de las cañas. Yo era un niño y me costó volver a coger confianza encima de un caballo. La verdad es que aquellos pencos hacían conmigo lo que les daba la gana, pero para mí eran lo máximo y me daba igual lo que hicieran.

La casa del tío Ibrahim estaba al otro lado de la carretera. En esa casa había nacido papá y tenía un guayabal grandísimo y no sé cuantas matas de mango de todo tipo: filipinos, mangas blancas, de chupete, de corazón... Mi padre y yo, cada vez que íbamos, le hacíamos una buena limpieza. Yo me subía a las matas y mi padre peloteaba la fruta con un saco de yute entre dos palos. Cuando terminábamos yo me daba un banquete allí mismo. Nadie sabe lo rica que está la fruta que se come subido en la propia mata. La casa de mi tío tenía un aljibe que a veces tenía agua y que yo usaba como piscina o para coger renacuajos. Papá siempre estaba con la cantaleta de que era muy hondo, pero yo no le hacía mucho caso.

En la loma estaba la casa de los gallegos, que eran los abuelos de papá. Eran unos viejitos de pelo blanco que desayunaban frijoles con boniatos y siempre tenían dulce de coco para regalar. Yo me iba andando o a caballo desde la finca del tío por la carretera y luego loma arriba. Siempre encontraba alguna mata de anón o de mamoncillos por el camino.

Estas tres casas eran mis lugares de visita cuando iba al campo los fines de semana con mi padre. Eran bohíos de tablas de palma y techo de guano que contenían toda la magia que un niño puede desear. Entonces yo me convertía en un animalillo salvaje, suelto por el monte.

E.

miércoles, 7 de junio de 2017

Natividad


Si en mi pequeño corazón
hay un canto que brilla como un río de plata,
si las bolas de colores del arbolito
son como las estrellitas de la noche para mí
y saltan por toda la sala
mientras la abuela susurra
desde un sillón lejano,
si el niñito Jesús viene a mi encuentro
y me besa en lo más tierno del alma,
debe de ser que bajo mi pecho ha despertado
un pajarito de nieve.

E.

martes, 6 de junio de 2017

Tradición


La tradición era que en fin de año había que follarse a una negra.

El Dipo decía que tenía que ser muy prieta y que había que estar follando a las doce para que la negra se llevara toda la mala suerte de uno y empezar el año con buen pie.

Luego me contó cómo se había ligado a aquella jevita en el M-7 y toda la labia que le había soltado para que se fuera con él a casa de su abuela después de la universidad.

El Dipo tenía unas cervezas que su primo había resuelto en la Polar y con una cinta del Médico de la Salsa puso enseguida a tono a aquel pedazo de negra.

No había nadie allí esa noche. Su primo se había llevado a la abuela a casa de su novia en Alamar para despedir el año y el Dipo aprovechó para follarse a la jeva en la cama de su abuela hasta bien entrada la noche. Me dijo que aquella negra era la candela y sabía hacer de todo en la cama.

El Dipo se despertó al amanecer sin cartera ni reloj en la mesita de noche. La negra había desaparecido como por arte de magia.

Todo esto me lo contó entre cerveza y cerveza, con una gran sonrisa y un tabaco en la mano izquierda: ¡Esa negra se llevó mi mala suerte y, de paso, se llevó todo lo que pudo!

E.

lunes, 5 de junio de 2017

Adolesciente


Roto grito del infante
vaga por camino estrecho:
el hueco negro del pecho.
La mueca verde brillante
ondea tras el cristal
y encima el espejo gris
añora ser flor de lis
en la frente de un mortal.
Corazón, no te detengas,
rueda insatisfecho, fiel
entre la sombra y la luz.
Sabe que de alguna cruz
brotará cual rica miel
la ciudad de dichas luengas.

E.

domingo, 4 de junio de 2017

La casa de madera


La parte de atrás de una de las casas donde viví en La Habana tenía un patio de cemento con un techo de aluminio. La mesa de comer estaba bajo ese techo y allí yo me sentaba a escribir por las mañanas o al atardecer. Cuando llovía, las gotas retumbaban en el techo de metal. Era hermoso oír el traqueteo de la lluvia hasta que la mente se quedaba limpia como una hoja en blanco y aparecía la primera palabra de un poema. 

Aquella casa era de madera y la compartíamos mi madre y yo con una pareja que siempre andaba separándose y volviéndose a juntar. Sus peleas y reconciliaciones traspasaban la pared divisoria y eran un escándalo para mi madre, que era una puritana, pero eran muy divertidas. 

Yo dormía en una barbacoa que había encima de la cocina. Las tablas crujían al caminar y tenía que andar con cuidado por las mañanas para no despertar a los demás. Era una caja de madera, pero frente a mi cama había una ventana pequeña desde donde se podía ver el cielo.

Mi abuela se vino a vivir con nosotros después de su operación y murió en esa casa. Luego murió mi madre y mi hermana se vino a vivir allí con su familia. 

No sé cuantos años tenía esa casa. Sus tablas cantaban cuando pasaba un ciclón. Pero era una madera muy dura. Creo que todavía sigue en pie.

E.

sábado, 3 de junio de 2017

Unicornio


Si se me apareciera ahora,
entre sueños,
con su mirada eterna,
yo no sabría qué hacer
con mi alma finita y estrujada.

Si me invitara él ahora a cabalgar
en la pureza del mundo,
yo no sabría qué llevar
entre tantos harapos de vida.

A pesar de todo,
me gustaría acercarme
a su cuerno dorado algún día.

Desnudo de tiempo.
Desnudo de mí.

E.

viernes, 2 de junio de 2017

Mi primer trabajo


Cuando terminé la carrera me tocó trabajar en uno de los centros de biotecnología del este de la Habana. Era un centro de investigación y producción de fármacos y estaba apadrinado por el Comandante, que había creado para ellos un nuevo concepto de trabajo que se dio en llamar: “horario de consagración”.

Allí se trabajaba de 8 de la mañana a 11 de la noche y había un par de guagüitas Girón que recogían y devolvían al personal de todas partes de la Habana con un trayecto de más de una hora, así que, como andábamos casi siempre con sueño, nos hacíamos el viaje durmiendo. 

Teníamos comedor y gimnasio con duchas. De manera que desayunabas, comías y cenabas en el Centro, y hasta podías hacer deporte y ducharte allí. Y, por supuesto, también cagabas allí, y era una delicia porque los baños estaban siempre limpios.

Yo ganaba una miseria por ser recién graduado, pero como casi vivía en el centro de trabajo, me gastaba muy poco y hasta me daba para una cuenta de ahorro.

Mucha de la gente que trabajaba allí y tenía pareja, vivía en unos edificios que habían hecho para ellos al otro lado de la Avenida 31. La mayoría eran de otras provincias y estaban allí a tiempo completo creando vacunas y transgénicos, y como sólo tenían que cruzar la calle para ir a dormir, se quedaban trabajando hasta las 12 de la noche o más.

Allí conocí a una chica de Holguín que vivía en los edificios y fue la que me enseñó a follar. Era un poco mayor que yo y tenía mucha experiencia, y como también le gustaba la poesía, yo le escribía poemas en la cama después de cada polvo.

Lo hacíamos a cualquier hora y en cualquier sitio. Como ella trabajaba dos plantas más arriba, era solo cuestión de marcar su extensión en el teléfono y acordar una hora y un lugar donde no hubiera cámaras de seguridad. También pedíamos hacer las guardias juntos por la noche y las aprovechábamos bien. En realidad no era nada extraordinario todo aquello, era más bien una práctica habitual en aquel sitio donde la gente se pasaba la vida trabajando y follando para relajar el estrés.

Luego me fui a vivir con ella a los edificios, pero las cosas no fueron del todo bien porque yo era un poco raro en aquella época. Así que nos separamos y yo al final me busqué otro trabajo con horario normal.

E.

jueves, 1 de junio de 2017

Alba


Y yo me dije:
Este es el amor
y en él se pierde la mirada
(porque miraba y no veía,
porque trataba de sentir
y no sentía nada).

Y envuelto en nada yo me dije
este es el amor:
un grito de pájaro al amanecer,
un grito en la distancia,
un pájaro que pasa allá a lo lejos,
unas alas dentro del corazón.

E.